28 de junio de 2013

Hombre de pasillo; pasillo de hombre.

El sentido del deber de Martín le impedía hacer cualquier cosa sin antes pensar en las repercusiones que las mismas podrían tener. Pero era tan impulsivo a veces que no podía controlar ni siquiera sus respuestas.
De chico había aprendido, de la peor manera, a no cuestionar. A aceptar todo como se lo decían. O por lo menos sus padres pensaron que así era, porque un buen día algo hizo clic en él: dejó de decir que sí, y empezó a preguntar por qué. Por qué, por qué, por qué.
Entonces aprendió que las preguntas no siempre tienen respuestas, y que algunas personas responden con violencia, no sólo física sino también psicológica. Sus “¿por qué?”, sus malas respuestas, sus desafíos, todos terminaban en dolor, uno que él creyó no era capaz de soportar. Pero el tiempo y el sentido del deber hicieron que se aprendiera a parar frente a sus enemigos para preguntar por qué. Sí, recibía castigos. Duros. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? La misma persona que le enseñaba a no dejarse pisar por los demás lo quería pasar por encima constantemente.
Temía. Muchas veces temía que alguna vez la respuesta fuera tan dura que, definitivamente, le quitara las ganas de seguir siendo él. Pero algo muy dentro de su persona le recordaba, cada vez, que valía la pena seguir formándose. Seguir aprendiendo de lo que no debía ser cuando creciera.
Cierta vez apareció la respuesta. O lo que él creyó que era una respuesta. Cerró los puños y empezó a pensar, mientras le gritaba, en todas las fallas. En todo lo que él no podía decir en voz alta, porque era cobarde. Pero no devolvió el golpe, porque aunque era impulsivo, y confrontantivo, y no tenía problema en pelear con las personas que de verdad se lo estuvieran buscando y lo estuvieran provocando, no quería ser así. Lo decía, lo haría, pero no con él, y no en frente de ellos, y nunca de esa manera. Así que simplemente lo miró, y eso fue realmente todo lo que hizo en adelante.
Algunos podrían pensar que tenía que buscar una solución, pero para él no era tan fácil. No todo era blanco y negro, y en el fondo todavía no entendía la gravedad de lo que sucedía. Pero creció. Se fue convirtiendo en un hombre, y, sin darse cuenta, sin que nadie se lo pidiera, sin que incluso nadie lo supiera, se propuso cambiar la realidad en la que vivía. No sabía cómo. Pero no había nada que quisiera más que dejar de sentirse como se sentía, que dejar de ver a su madre llorando de vez en cuando, a sus hermanos enojados con él por lo que hacía. No importaba que ninguno lo entendiera, no importaba que ellos no fueran como él. Sabía, y de verdad creía, que así iba a poder sobrevivir. Que iba a lograr que todos sobrevivieran.
Seguramente para su suerte, hubo cambios. Aquellos horribles episodios comenzaron a verse más espaciados. A veces incluso eran reducidos, cuando le decían que se fuera para que no sucediera nada. Los gritos se convirtieron en la respuesta. Y aunque él decía que ya casi ni le afectaban, cada maldita vez que escuchaba aquellas estúpidas palabras se convencía más a sí mismo de que era todo aquello y más. Pero nunca dejó de pensar que él podría cambiar la realidad en la que vivía, porque estaba resuelto a cumplir su meta, por más inútil que todos pensaran que era, o que él pensara que era.
Empezó a lamentarse menos con los demás y más consigo mismo. Y luego los lamentos aparecieron cada tanto, porque los reprimía lo suficiente como para no deprimirse a cada momento. Y siguió creciendo. Y convirtiéndose en un hombre. Y preguntando por qué.
¿Por qué?
Porque si algo había algo que había aprendido de sus experiencias, era a no aceptar todo lo que le decían, a buscar un fundamento, y a pararse delante de cualquiera a decir lo que él pensaba. Porque no era menos que nadie, ni más que ninguno. Él era él, y eso significaba preguntar. Y así iba a ser hasta el día en que muriera.

Voldemort.
(lo escribí hace unas semanas, un día, y me había olvidado de subirlo.)

5 de junio de 2013

Sigo aquí.

Soy la pregunta del millón, siempre la interrogación.
No respondas que sí porque sí.

¿Y qué, qué podrías tú decir? Si yo no te voy a oír.
No me entiendes, y nunca seré lo que esperas de mí.

Jamás.
Ya me vas a conocer. Niño y hombre puedo ser.
No me uses y apartes de ti.

Y di, cómo alguien aprendió lo que nadie le enseñó.
No me entienden, no estoy aquí.

Y yo, sólo quiero ser real. Y sentir el mundo igual que los otros.
Seguir siempre así.
¿Por qué yo tendría que cambiar? Nadie más lo va a intentar.
Y no entienden que sigo aquí.

Y tú, ves lo que ellos nunca ven. Te daría el cien por cien.
Me conoces, y ya no hay temor.

Yo, mostraría lo que soy.
Si tú vienes dónde voy, no me alcanzan.
Si eres mi amigo mejor... 

¿Qué sabrán del mal y el bien? Yo no soy lo que ven.
Todo un mundo durmiendo y yo sigo soñando, ¿por qué?
Sus palabras susurran mentiras que nunca creeré.

Y yo, sólo quiero ser real. Y sentir el mundo igual que los otros.
Por ellos, por mí.
¿Por qué yo tendría que cambiar? Nadie más lo va a intentar.
Estoy solo, y sigo aquí.

Sólo yo estoy aquí. Sigo aquí.


Sigo aquí.

Voldemort.
(Sigo Aquí, de Alex Ubago, soundtrack de El Planeta del Tesoro, mi película favorita de Disney.)