El sentido del deber de Martín le impedía hacer
cualquier cosa sin antes pensar en las repercusiones que las mismas podrían
tener. Pero era tan impulsivo a veces que no podía controlar ni siquiera sus
respuestas.
De chico había aprendido, de la peor manera, a no
cuestionar. A aceptar todo como se lo decían. O por lo menos sus padres
pensaron que así era, porque un buen día algo hizo clic en él: dejó de decir
que sí, y empezó a preguntar por qué. Por qué, por qué, por qué.
Entonces aprendió que las preguntas no siempre
tienen respuestas, y que algunas personas responden con violencia, no sólo
física sino también psicológica. Sus “¿por
qué?”, sus malas respuestas, sus desafíos, todos terminaban en dolor, uno
que él creyó no era capaz de soportar. Pero el tiempo y el sentido del deber
hicieron que se aprendiera a parar frente a sus enemigos para preguntar por qué. Sí, recibía castigos. Duros.
¿Pero qué otra cosa podía hacer? La misma persona que le enseñaba a no dejarse
pisar por los demás lo quería pasar por encima constantemente.
Temía. Muchas veces temía que alguna vez la
respuesta fuera tan dura que, definitivamente, le quitara las ganas de seguir
siendo él. Pero algo muy dentro de su persona le recordaba, cada vez, que valía
la pena seguir formándose. Seguir aprendiendo de lo que no debía ser cuando
creciera.
Cierta vez apareció la respuesta. O lo que él creyó
que era una respuesta. Cerró los puños y empezó a pensar, mientras le gritaba,
en todas las fallas. En todo lo que él no podía decir en voz alta, porque era
cobarde. Pero no devolvió el golpe, porque aunque era impulsivo, y
confrontantivo, y no tenía problema en pelear con las personas que de verdad se
lo estuvieran buscando y lo estuvieran provocando, no quería ser así. Lo decía,
lo haría, pero no con él, y no en frente de ellos, y nunca de esa manera. Así
que simplemente lo miró, y eso fue realmente todo lo que hizo en adelante.
Algunos podrían pensar que tenía que buscar una
solución, pero para él no era tan fácil. No todo era blanco y negro, y en el
fondo todavía no entendía la gravedad de lo que sucedía. Pero creció. Se fue
convirtiendo en un hombre, y, sin darse cuenta, sin que nadie se lo pidiera,
sin que incluso nadie lo supiera, se propuso cambiar la realidad en la que
vivía. No sabía cómo. Pero no había nada que quisiera más que dejar de sentirse
como se sentía, que dejar de ver a su madre llorando de vez en cuando, a sus
hermanos enojados con él por lo que hacía. No importaba que ninguno lo
entendiera, no importaba que ellos no fueran como él. Sabía, y de verdad creía,
que así iba a poder sobrevivir. Que iba a lograr que todos sobrevivieran.
Seguramente para su suerte, hubo cambios. Aquellos
horribles episodios comenzaron a verse más espaciados. A veces incluso eran
reducidos, cuando le decían que se fuera para que no sucediera nada. Los gritos
se convirtieron en la respuesta. Y aunque él decía que ya casi ni le afectaban,
cada maldita vez que escuchaba aquellas estúpidas palabras se convencía más a
sí mismo de que era todo aquello y más. Pero nunca dejó de pensar que él podría
cambiar la realidad en la que vivía, porque estaba resuelto a cumplir su meta,
por más inútil que todos pensaran que era, o que él pensara que era.
Empezó a lamentarse menos con los demás y más
consigo mismo. Y luego los lamentos aparecieron cada tanto, porque los reprimía
lo suficiente como para no deprimirse a cada momento. Y siguió creciendo. Y
convirtiéndose en un hombre. Y preguntando por
qué.
¿Por qué?
Porque si algo había algo que había aprendido de sus
experiencias, era a no aceptar todo lo que le decían, a buscar un fundamento, y
a pararse delante de cualquiera a decir lo que él pensaba. Porque no era menos
que nadie, ni más que ninguno. Él era él, y eso significaba preguntar. Y así
iba a ser hasta el día en que muriera.
Voldemort.
(lo escribí hace unas semanas, un día, y me había olvidado de subirlo.)