Todos tenemos una armadura, como recitó mi profesora de literatura, mientras leíamos un libro. Yo tengo una armadura. Es de chapa, y es frágil. Tiene muchos agujeros, que nunca tapé, porque no sé como taparlos. No lo sé hacer, y no lo hago, porque confío ciegamente en que los problemas no van a traspasar esos agujeritos. Pero me equivoco. Tiene abolladuras, en todas partes. Y sabe herir, porque tiene pinches para afuera, así como para adentro también. La uso mucho en mi casa, casi todos los días. También me la pongo cuando no quiero que se note cómo estoy, o qué me pasa. La uso de defensa, pero al mismo tiempo que hiero a alguien, normalmente me hiero a mí. Me hiero a mí misma cuando tengo problemas, cuando no los cuento, cuando hablo sabiendo cuales van a ser las consecuencias. Mi armadura viene con una máscara, como las de teatro, que tiene siempre una sonrisa. La uso para disimular mi tristeza y mi decepción, la uso para parecer fuerte frente a las personas que más amo en el mundo. Para que parezca que no me lastiman, cuando en realidad todo traspasa los agujeros.
Es azul oscuro, pero para las personas que me conocen realmente, es invisible. Esas personas no ven una armadura, me ven a mí, como soy, con todos mis problemas. Mi armadura tiene defectos, como yo, pero a pesar de eso, sirve. Me oculta de quienes quiero, aunque a veces me juega malas pasadas.
Mi profesora de Literatura, Liliana, nos hizo hacer este ejercicio. Lo expresé porque lo necesitaba. Te amo Lili, mucho.

No hay comentarios:
Publicar un comentario