25 de enero de 2013

Historias de abuela.


   —Me acuerdo que una vez, hace muchos años... y cuando digo muchos, son muchos de verdad, había decidido que quería participar en un concurso de literatura...

   —¿Escribías?

   —... y le pedí a Juan José, mi difunto esposo, que en paz descanse, que por cierto era tan divino... y servicial, y dulce. Pobre, tener que morirse de algo tan dañino... y siendo tan bueno... verdaderamente no le deseo eso a nadie, porque exigiría mucha maldad de mi parte, y en realidad no podría desafiar tanto la enseñanza de mis padres... y menos podría, sabiendo lo mucho que Juan sufrió... ¿Con qué estaba? ¡Ah! Mi concurso. me acuerdo que me llevó con su Volkswagen último modelo... no, era un Peugeot... bueno, era blanco, y cómodo, y eso es lo que cuenta, porque ?para qué gastar tanto dinero en algo incómodo, no? Pero bueno, como les decía, él me llevó en su auto, y entonces yo me tuve que registrar. Usé mi nombre y apellido de soltera, porque para ese entonces sólo éramos novios, porque yo era joven, apenas tenía veintidós años, aunque él tenía sus veintisiete, y creo que hasta lo habíamos pensado y descartado... y varios meses después me enteré que él había elegido el anillo para proponerme matrimonio pero que consideraba que yo era muy chica...
   »¿No era un dulce? Solía decirle dulcesito como apodo, es que me cuidaba tanto... No como los chicos de ahora, que se emborrachan y engañan a sus novias... ¡Qué osadía! Es una falta de respeto tan grande hacia la mujer... ¡Ah! Y bueno, yo me registré, y tuve que escribir una historia a mí gusto, de mínimo tres hojas... ¿o eran cuatro?... No importa realmente, porque hice más de la cuenta. Estaba muy inspirada, pero tuve que parar, no podía abrumar tanto a los jueces... y después tuve que esperar como cinco horas. Juan José, que en paz descance, decía que habían sido sólo tres, pero fueron cinco. Y entonces me nombraron y me dijeron que había ganado y ¡qué feliz que fui! Y mi dulce aplaudía y aplaudía, llenito de orgullo. Y saltaba y saltaba y ¡ay! Nunca me voy a olvidar de ese día...

Voldemort.
(No me acuerdo en qué fecha fue, pero fue antes entre Septiembre y Octubre del 2012.
La profesora nos había dado una fotocopia a cada uno con un dibujo que consistía en una mujer grande contando una historia y muchos dibujos sobre su cabeza, como recuerdos. La consigna era elegir uno y contar la historia como si nosotros fuéramos la señora, y yo elegí a la señora de joven con un premio en la mano y escribí esto.)

Tiene todos los discos de Luis Miguel.

   Amadeo vivía en una de esas casa de playa que muchos quieren y pocos tienen. El mar lo atraía por sobre manera; le encantaba contemplarlo. No sólo por su tranquilidad, sino también por su tempestad, su oleaje, y sus encandilantes colores. No se trataba de un simple azul, sino de una fama que comprendía muchas tonalidades.

   Le hubiese gustado poder compartir uno de esos momentos de calma con ella, con esa persona que tanto amaba. Pero para su mala suerte, a ella no le atraía aquél paisaje. Quizás su rechazo fue lo que lo afianzó más a su preciado mar.

   Eran las noches las testigos de sus largas caminatas, y los días los contempladores de sus penas. Había pasado tanto tiempo desde que había caminado por la suave arena bajo los rayos del sol que ya no recordaba si lo había hecho. Su vida se veía concentrada en pequeños momentos nocturnos, con alguna chica o quizás solo, en las que después de caminar terminaba en algún bar tomándose una copa. O dos, o tres...

   Usualmente despertaba en la tarde, sin saber muy bien qué había pasado, pero siempre seguro de que había dormido solo. Por muchas copas que pudiera tomar, existía en el mundo una sola mujer con la que le gustaría estar, aunque no podía.

   Amadeo culpaba de sus penas a su casa, a lo mal cocinero que era, a su obsesión con el mar, a la forma en la que vivía... pero no admitía la posibilidad de que ella, en realidad, no lo amase.

Voldemort.
(Escrito el 05/10/2012.
La consigna era crear un personaje a partir de una característica que la profesora nos daba. A mí me tocó "Tiene todos los discos de Luis Miguel".)

"Absolutely Nothing"

Una vez en un pedazo de papel amarillo con líneas verdes él escribió un poema.
Y lo llamó "Chops", ya que era el nombre de su perro.
Y de eso se trataba todo.
Y su maestro le dio una A y una estrella de oro.
Y su madre lo colgó en la pared de la cocina y lo leyó a sus tías.
Ese fue el año en el que el Padre Tracy llevó a todos los niños al zoológico.
Y los dejó cantar en el autobús.
Y su hermanita nació con los pies pequeños y sin pelo.
Y su madre y su padre se besaron mucho.
Y la niña de la esquina le envió para San Valentín una firma con una fila de x y tuvo que preguntarle a su padre qué significaban.
Y su padre lo había metido en la cama por la noche.
Y estaba siempre dispuesto a hacerlo.

Una vez más en  un pedazo de papel blanco con líneas azules escribió un poema.
Y lo llamó "Otoño", porque ese era el nombre de la temporada.
Y de eso se trataba todo.
Y su maestro le dio una A y le pidió que escribiera más claramente.
Y su madre nunca lo colgó en la puerta de la cocina por la nueva pintura.
Y los niños le dijeron que el Padre Tracy fumaba puros.
Y que dejaba las colillas en los bancos de la iglesia.
Y algunas veces quemaba las bancas dejando agujeros.
Ese fue el año en que su hermana usó gafas gruesas y marcos de color negro.
Y la chica de la esquina se echó a reír cuando él le pidió ir a ver a Santa Claus.
Y los niños le dijeron por qué su madre y su padre se besaban tanto.
Y su padre nunca lo metió en la cama por la noche.
Y su padre se enojó cuando él le lloró para que lo hiciera.

Una vez más en un papel arrancado de su cuaderno de notas escribió un poema.
Y lo llamó "Inocencia: una pregunta" porque esa era la pregunta acerca de su chica.
Y de eso se trataba todo.
Y su profesor le dio una A y una extraña mirada fija.
Y su madre no la colgó en la puerta de la cocina, porque nunca se la mostró.
Ese fue el año en que murió el Padre Tracy.
Y él se olvidó de cómo era el final del credo de los Apóstoles.
Y atrapó a su hermana haciéndolo en el porche trasero.
Y su madre y su padre nunca se besaron o hablaron mucho.
Y la chica de la esquina llevaba tanto maquillaje.
Que lo hizo toser cuando la besó, pero la besó de todos modos, porque eso era lo que debía hacer.
Y a las tres a.m. se metió en la cama mientras su padre roncaba profundamente.

Es por eso que en la parte posterior de una bolsa de papel marrón trató con otro poema.
Y lo llamó "Absolutamente nada" porque eso es lo que era realmente.
Y el mismo se dio una A y un corte en cada maldita muñeca.
Y lo colgó en la puerta del baño porque esta vez no creía poder alcanzar o llegar a la cocina.



(Este es un poema/carta suicida que Charlie lee en The Perks Of Being A Wallflower, y que personalmente me llama mucho la atención y me gusta.)
Voldemort.

22 de enero de 2013

Cadáver de los recuerdos.


   Por un minúsculo momento ignoró el cadáver que yacía en el suelo de su casa. Más detalladamente, de su habitación. Los huesos de sus brazos se encontraban flexionados en ángulos raros, casi imposibles, mientras que sus piernas estaban abiertas como quien está por hacer un ángel en la nieve del invierno. Pero no pudo, porque no era la primera vez que veía aquél cuerpo allí, pero sí la primera que se detenía a contemplarlo.
   No era femenino, pero lo era; y no era masculino, pero al mismo tiempo lo era. Cuando más pensaba en alguna de las dos posibilidades, más segura estaba, pero no había forma de saberlo, porque aquél montón de huesos que se encontraban en su habitación no le daban ninguna pista.
   Recordó, sin quererlo, la primera vez que había visto el cadáver. Hacía ya muchos años de ello, y en su memoria la imagen no era puro hueso, sino que había un cuerpo. Un cuerpo vestido, con cabello corto, jeans que le quedaban grandes, un buzo y zapatillas —lo cual volvía a dificultarle el saber de qué sexo era. Era una persona, que se encontraba tirada en su habitación. Había parpadeado varias veces hasta que había dejado de verla y había seguido su camino hasta la cocina. La segunda, la tercera, y todas las demás veces que vio aquél cuerpo, que entonces razonó le fue mostrando signos del tiempo, de descomposición inodora, también parpadeó y cerró sus ojos hasta que el cadáver desapareció. Decidió ignorarlo y dejarlo para otro día. Y ahí estaba, otro día, hecho huesos, recordándole que aún existía.
   Algo en ella hizo clic, porque de pronto se agachó con culpa al lado de aquél conjunto de huesos que alguna vez habían sido algo más. Su mano derecha tembló cuando la acerco a la calavera; tenía miedo de romperla. Pero a lo largo de aquellos años le había causado una desintegración que casi llegaba a su fin, si hubiese tenido que romperse, ya hubiese pasado.
   Suspiró. Y cerró los ojos. Pero aquella vez no quería que desapareciera, sino encontrar respuestas. Quería saber la razón por la cual veía un cuerpo, desde hacía años, yaciendo inconsciente en su habitación en un momento, y al otro ya no estaba. El porqué de aquellas locas alucinaciones, de su necesidad, siempre escondida, de quedarse allí con el cadáver.
   Y entonces, cuando abrió los ojos, siendo consciente de que antes no estaban allí, notó que entre los huesos estaban alternados papeles de diferentes colores, comunmente llamados notas. Extendió la mano con firmeza y tomó una que estaba entre los huesos de su mano. Visita a tu madre, decía. La soltó de inmediato y eligió otra, esta vez escondida en las caderas. Todos los humanos nos equivocamos, y Damián es humano. Miró a su alrededor, con el corazón acelerado, esperando que nadie la estuviese observando, y, en efecto, nadie lo hacía. Se encontraba sola en su habitación como hacía unos minutos. Sola en vida, en realidad, porque el cadáver seguía allí. Intentó por última vez, porque al ser la tercera la vencida tenía una oportunidad más. Tomó una nota azul de la calavera y la leyó en voz alta, sólo para constatar que aquello estaba sucediendo:

   —«Ana era tu mejor amiga, llámala.»

   La primera lágrima rodó por sus mejillas. Y la segunda, y todas las que tuvieron que salir. Comenzó como un sollozo que terminó en una taque de llanto, no sólo porque aquellas tres primeras notas le recordaban todo lo que había perdido, sino porque todas las demás que leyó también. Sus viejos amigos, su familia, sus estudios, sus sueños. A cada nota que leía el llanto aumentaba. Se maldijo a sí misma por no haberse detenido antes a contemplar aquél cadáver, ahora que entendía de que se trataba.
   Era el muerto de sus recuerdos, la simbolización de lo que había perdido por no luchar, por no razonar, por no entender como quería que la entendieran. Estaba ahí, y ahí había estado durante años, esperando a que ella decidiera que era tiempo de dejar de ignorarlo y hacer algo al respecto.
   Se preguntó qué hubiera pasado si hubiera leído todas aquellas notas tres años atrás, ¿hubiera llamado a Ana, visitado a su madre, perdonado a Damián? ¿Y lo haría entonces? ¿Dejaría de ser tan orgullosa? ¿Podría entender que a veces es mejor aceptar las diferencias que se tienen con el otro en vez de perderlos?
   Lloró media hora más, no sólo porque se sentía estúpida, sino porque el miedo la había asaltado. ¿Y si ninguno de ellos quería saber nada de ella? ¿Si ninguno de ellos tenía un muerto persiguiéndolos para recordarles que hay que luchar por lo que uno ama? ¿Qué pasaba si nada servía, si el tiempo había hecho que las personas se olvidaran de ella, que sus sueños se volvieran completamente inalcanzables? ¿Y si todo era en vano? ¿Qué pasaba entonces?

   —Entonces, al menos lo habrás intentado.

   Escuchó, y miró a su alrededor, asustada, esperando encontrar al propietario de aquella voz. Pero no había nadie. Ya ni siquiera el cadáver estaba allí. Estaba sola, en su habitación, con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar, con una decisión que tomar.
   Se puso de pie, respirando hondo, y se secó los restos de lágrimas con las mangas de su campera.

   —Voy a intentarlo —dijo, decidida, y abandonó la habitación con sentimientos que pensó había perdido y una seguridad que esperaba la ayudara a enmendar sus errores.


Voldemort.