Por un minúsculo momento ignoró el cadáver que yacía en el suelo de su casa. Más detalladamente, de su habitación. Los huesos de sus brazos se encontraban flexionados en ángulos raros, casi imposibles, mientras que sus piernas estaban abiertas como quien está por hacer un ángel en la nieve del invierno. Pero no pudo, porque no era la primera vez que veía aquél cuerpo allí, pero sí la primera que se detenía a contemplarlo.
No era femenino, pero lo era; y no era masculino, pero al mismo tiempo lo era. Cuando más pensaba en alguna de las dos posibilidades, más segura estaba, pero no había forma de saberlo, porque aquél montón de huesos que se encontraban en su habitación no le daban ninguna pista.
Recordó, sin quererlo, la primera vez que había visto el cadáver. Hacía ya muchos años de ello, y en su memoria la imagen no era puro hueso, sino que había un cuerpo. Un cuerpo vestido, con cabello corto, jeans que le quedaban grandes, un buzo y zapatillas —lo cual volvía a dificultarle el saber de qué sexo era. Era una persona, que se encontraba tirada en su habitación. Había parpadeado varias veces hasta que había dejado de verla y había seguido su camino hasta la cocina. La segunda, la tercera, y todas las demás veces que vio aquél cuerpo, que entonces razonó le fue mostrando signos del tiempo, de descomposición inodora, también parpadeó y cerró sus ojos hasta que el cadáver desapareció. Decidió ignorarlo y dejarlo para otro día. Y ahí estaba, otro día, hecho huesos, recordándole que aún existía.
Algo en ella hizo clic, porque de pronto se agachó con culpa al lado de aquél conjunto de huesos que alguna vez habían sido algo más. Su mano derecha tembló cuando la acerco a la calavera; tenía miedo de romperla. Pero a lo largo de aquellos años le había causado una desintegración que casi llegaba a su fin, si hubiese tenido que romperse, ya hubiese pasado.
Suspiró. Y cerró los ojos. Pero aquella vez no quería que desapareciera, sino encontrar respuestas. Quería saber la razón por la cual veía un cuerpo, desde hacía años, yaciendo inconsciente en su habitación en un momento, y al otro ya no estaba. El porqué de aquellas locas alucinaciones, de su necesidad, siempre escondida, de quedarse allí con el cadáver.
Y entonces, cuando abrió los ojos, siendo consciente de que antes no estaban allí, notó que entre los huesos estaban alternados papeles de diferentes colores, comunmente llamados notas. Extendió la mano con firmeza y tomó una que estaba entre los huesos de su mano. Visita a tu madre, decía. La soltó de inmediato y eligió otra, esta vez escondida en las caderas. Todos los humanos nos equivocamos, y Damián es humano. Miró a su alrededor, con el corazón acelerado, esperando que nadie la estuviese observando, y, en efecto, nadie lo hacía. Se encontraba sola en su habitación como hacía unos minutos. Sola en vida, en realidad, porque el cadáver seguía allí. Intentó por última vez, porque al ser la tercera la vencida tenía una oportunidad más. Tomó una nota azul de la calavera y la leyó en voz alta, sólo para constatar que aquello estaba sucediendo:
—«Ana era tu mejor amiga, llámala.»
La primera lágrima rodó por sus mejillas. Y la segunda, y todas las que tuvieron que salir. Comenzó como un sollozo que terminó en una taque de llanto, no sólo porque aquellas tres primeras notas le recordaban todo lo que había perdido, sino porque todas las demás que leyó también. Sus viejos amigos, su familia, sus estudios, sus sueños. A cada nota que leía el llanto aumentaba. Se maldijo a sí misma por no haberse detenido antes a contemplar aquél cadáver, ahora que entendía de que se trataba.
Era el muerto de sus recuerdos, la simbolización de lo que había perdido por no luchar, por no razonar, por no entender como quería que la entendieran. Estaba ahí, y ahí había estado durante años, esperando a que ella decidiera que era tiempo de dejar de ignorarlo y hacer algo al respecto.
Se preguntó qué hubiera pasado si hubiera leído todas aquellas notas tres años atrás, ¿hubiera llamado a Ana, visitado a su madre, perdonado a Damián? ¿Y lo haría entonces? ¿Dejaría de ser tan orgullosa? ¿Podría entender que a veces es mejor aceptar las diferencias que se tienen con el otro en vez de perderlos?
Lloró media hora más, no sólo porque se sentía estúpida, sino porque el miedo la había asaltado. ¿Y si ninguno de ellos quería saber nada de ella? ¿Si ninguno de ellos tenía un muerto persiguiéndolos para recordarles que hay que luchar por lo que uno ama? ¿Qué pasaba si nada servía, si el tiempo había hecho que las personas se olvidaran de ella, que sus sueños se volvieran completamente inalcanzables? ¿Y si todo era en vano? ¿Qué pasaba entonces?
—Entonces, al menos lo habrás intentado.
Escuchó, y miró a su alrededor, asustada, esperando encontrar al propietario de aquella voz. Pero no había nadie. Ya ni siquiera el cadáver estaba allí. Estaba sola, en su habitación, con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar, con una decisión que tomar.
Se puso de pie, respirando hondo, y se secó los restos de lágrimas con las mangas de su campera.
—Voy a intentarlo —dijo, decidida, y abandonó la habitación con sentimientos que pensó había perdido y una seguridad que esperaba la ayudara a enmendar sus errores.
Voldemort.