18 de febrero de 2013

Relaciones humanas.

   No soy buena para las relaciones humanas. Esto puede parecer una pelotudez, pero es la realidad. O lo que yo creo que es la realidad.

   Con relaciones humanas no me refiero a la simple interacción entre dos entes pensantes, sino a la decodificación que uno de los entes realiza de las señales que el otro ente emite quizás sin siquiera darse cuenta. Eso que se llama conocer. No porque no entienda como es que una persona puede llegar a conocer a otra, sino porque en las relaciones humanas uno deja que el otro lo conozca a conciencia con una previa demostración de confidencialidad por parte de la otra persona. Aunque a veces eso no hace falta, porque no sabés el motivo, pero las palabras parecen salir solas y todas esas cosas que le contaste a quizás dos o tres personas se atoran en una puerta para ver cuál contás primero. Eso es lo que no entiendo. Esa pseudo necesidad que se genera en uno de contar determinadas situaciones, determinados detalles, sucesos, recuerdos, etcétera, que intentamos esconder de todos los demás, del mundo. Me es raro pensar que puedo llegar a sentir eso con las personas, y no entiendo, sinceramente, cómo es que me pasa. Porque no soy de confiar mucho en la gente que casi ni conozco (incluso cuando mis amigos me preguntan cosas que yo no quiero decir, que quiero esconder, miento), y a veces en la que conozco tampoco. Porque no me sale, no nace de mí querer contarle todo lo que me pasa a las personas que valoro porque:

a) no quiero molestar a nadie con lo que me pasa.
b) me da vergüenza.
c) me siento pesada cuando bombardeo a alguien con todas mis inseguridades.
d) yo no me entiendo, así que no espero que alguien más lo haga, y contándole mis problemas no gano nada más que aburrirlos/molestarlos/etcétera.

   Pero a veces me sale, porque al ser humana (hasta dónde yo sé) tengo esos momentos en los que necesito realmente que alguien me escuche. No siempre es cara a cara, porque hay cosas de las que no podría soportar las caras de lástima o decepción de las personas, pero lo digo. Y me cuesta ojo y medio poder expresarme (cualquier persona que lea este blog se puede dar cuenta fácilmente de que me voy por las ramas para explicar un tema cuando no sé cómo explicarlo, y hablando o escribiéndole lo que me pasa a mis amigos es algo parecido).

   Y el punto es que no soy buena para la parte de las relaciones humanas que implica comunicación entre dos personas, que aunque decodifique los mensajes me cuesta mucho valor contestarlos a veces, porque la vergüenza vence, y la realidad es que no me gusta tener esa pseudo necesidad de querer contarle a alguien mis cosas, porque si me propuse por tanto tiempo guardármelas y contarlas cuando lo sintiera necesario, no me hace ninguna gracia que quieran salir todas la mismo tiempo, desafiando mis propios límites ya impuestos y casi siempre sin opción a renovación.

   Esto me hizo pensar no sólo porque no me gusta esa confianza que sale de la nada (aunque muchas veces termino agradecida de haber conocido a esas personas), sino que realmente me faltan un par de tornillos.

Cambio y fuera.
Voldemort.

17 de febrero de 2013

sigoestandobien.

  

Estoy bien.

   Tengo un sentimiento adentro que se llama cansancio. Nos conocemos desde hace una banda de tiempo, porque parece que le encanta estar cerca mío. Pero no es ese cansancio que uno siente después de hacer actividad física, o de leer dos horas seguidas. Es como una caja en la que se van metiendo diferentes cosas, cosas que hacen que la caja pese más.

   Parecía que todo estaba tranquilo, que las cosas estaban bien, porque para mí empezar el año relativamente de diez fue algo genial. Quitando algunas boludeces lo empecé genial. Y diciembre lo terminé sintiéndome... bien. Bien de verdad, podríamos decir. Pero no sé por qué, ni como, mi bien terminó en la aparición de esta caja. Me doy cuenta de que no sé cómo pasó ni cuándo, pero esas cosas insufribles que estaba tratando de superar aparecieron. Hola, me dijeron, personificadas en alguien, y se metieron en la caja. Y yo me bajoneé, porque no sé qué hacer, porque de verdad me empecé a sentir cansada.

   Se acumularon algunas cosas, sí, pero hay otras cosas que ya estaban ahí y nunca se fueron. Y ahora tengo la caja en la espalda y estoy cayendo directo en el pozo del cansancio. Yo sé que es híper raro, pero es como si todas las cosas más que molestarme simplemente me cansaran. Me sacaran las ganas de hacer cualquier cosa. Y me las sacan. No todo el tiempo, pero me pasa. Me dan ganas de dormir ocho días seguidos, no ver a nadie, y ser un ente que pase desapercibido. 

   Parezco estúpida, pero al mismo tiempo veo todo dos veces. Intento captar los detalles de las cosas, buscándole un lado positivo. Intento. Pero para mí es raro hasta intentarlo y de verdad me parece que está bueno que por fin esté haciendo esto. Aunque cueste.

   No hace falta que pase algo concreto para que esa caja esté ahí. Es un rejunte de diferentes momentos, palabras y pensamientos que se van acumulando hasta que la caja ya no la podés tapar más. Yo todavía tengo espacio, y encontré una solución, otro camino: empezar a sacar cosas de la caja. Hice un primer intento y aunque todavía no dio frutos, en breve va a pasar. Es una charla que tengo encima, que necesito, que va a ser un peso menos. Simplemente necesito hacer eso con las cosas de mi caja antes de que se rebalse, o desfonde.

Pero sigo estando bien.

Voldemort.

5 de febrero de 2013

Do I know you?


   Conocés a una persona. Y te puede o no caer bien. Te puede o no parecer simpática. Pero si te parece simpática y te copa su forma de ser querés conocer mejor a esa persona. Y le ponés onda, e intentás trabar una amistad, porque sentís que querés que sea persona sea amiga tuya. Y disfrutás los momentos que pasan juntos, y empiezan a confiarse secretos, y de repente lo que vos querías es real, y finalmente son amigos. Simples amigos. 

   Pero a vos no te basta con ver a esa persona una vez a la semana, o en los recreos; vos querés decirle cuánto la apreciás, sin parecer alguien pesado. Entonces intentás por todos los medios demostrarle que la querés, que te gusta que sean amigos. Y te dice que también te quiere, y no podés dejar de saltar por todos lados porque te lo dijo. Ese es el sello del comienzo de la amistad que vos tanto remaste por crear.

   El tiempo pasa, las cosas pasan, y hablan siempre que pueden. Se ponen al día con las vidas de la otra persona en todos los aspectos, se confían secretos, se descargan, se pelean, se enojan, se arreglan, se burlan. Hacen lo que los amigos hacen.

   Pero quizás llega ese día horrible en el que de repente las cosas cambian. No sabés por qué, pero no te da bola. No sabés por qué, pero parece distraída. Y vos también te distraés. Y ambos siguen creciendo, y el tiempo sigue pasando, y ya no se cuentan todo sino lo que consideran importante en esas charlas de hora y media una vez cada dos semanas, cuando alguno de los dos se acuerda de la otra persona. Después casi ni se acuerdan. Ya no hablan. Se saludan casualmente; quizás alguno recuerde al otro con pena, quizás no.

   Meses más tarde, después de una definitiva desconección entre ambas personas, se cruzan. Se saludan y preguntan cómo están, sin saber si al otro realmente le interesa; sin saber si no lo está haciendo por cortesía al igual que vos. Se cuentan dos cositas, ínfimas, que quizás ni les interesan tanto, y notan que la otra persona no es igual. Es más grande, tiene sus ideales más claros, tiene otras opiniones, o quizás las mismas pero mejor fundamentadas. En pocos segundos notan que no son aquellas dos personas que en un momento fueron increíblemente compinches. Y entonces, surgen miles de preguntas "¿Cuándo hablábamos siempre me trataba así?" "¿Desde cuándo usa esa palabra?" "¿Le gustaba el Animé?" "¿Qué? ¿Tenía pareja?", pero ninguna se le compara a esa inquisición interna que te genera no saber si sabías las respuestas, no saber si lo olvidaste, no saber.

¿La conozco?

Voldemort.