5 de febrero de 2013

Do I know you?


   Conocés a una persona. Y te puede o no caer bien. Te puede o no parecer simpática. Pero si te parece simpática y te copa su forma de ser querés conocer mejor a esa persona. Y le ponés onda, e intentás trabar una amistad, porque sentís que querés que sea persona sea amiga tuya. Y disfrutás los momentos que pasan juntos, y empiezan a confiarse secretos, y de repente lo que vos querías es real, y finalmente son amigos. Simples amigos. 

   Pero a vos no te basta con ver a esa persona una vez a la semana, o en los recreos; vos querés decirle cuánto la apreciás, sin parecer alguien pesado. Entonces intentás por todos los medios demostrarle que la querés, que te gusta que sean amigos. Y te dice que también te quiere, y no podés dejar de saltar por todos lados porque te lo dijo. Ese es el sello del comienzo de la amistad que vos tanto remaste por crear.

   El tiempo pasa, las cosas pasan, y hablan siempre que pueden. Se ponen al día con las vidas de la otra persona en todos los aspectos, se confían secretos, se descargan, se pelean, se enojan, se arreglan, se burlan. Hacen lo que los amigos hacen.

   Pero quizás llega ese día horrible en el que de repente las cosas cambian. No sabés por qué, pero no te da bola. No sabés por qué, pero parece distraída. Y vos también te distraés. Y ambos siguen creciendo, y el tiempo sigue pasando, y ya no se cuentan todo sino lo que consideran importante en esas charlas de hora y media una vez cada dos semanas, cuando alguno de los dos se acuerda de la otra persona. Después casi ni se acuerdan. Ya no hablan. Se saludan casualmente; quizás alguno recuerde al otro con pena, quizás no.

   Meses más tarde, después de una definitiva desconección entre ambas personas, se cruzan. Se saludan y preguntan cómo están, sin saber si al otro realmente le interesa; sin saber si no lo está haciendo por cortesía al igual que vos. Se cuentan dos cositas, ínfimas, que quizás ni les interesan tanto, y notan que la otra persona no es igual. Es más grande, tiene sus ideales más claros, tiene otras opiniones, o quizás las mismas pero mejor fundamentadas. En pocos segundos notan que no son aquellas dos personas que en un momento fueron increíblemente compinches. Y entonces, surgen miles de preguntas "¿Cuándo hablábamos siempre me trataba así?" "¿Desde cuándo usa esa palabra?" "¿Le gustaba el Animé?" "¿Qué? ¿Tenía pareja?", pero ninguna se le compara a esa inquisición interna que te genera no saber si sabías las respuestas, no saber si lo olvidaste, no saber.

¿La conozco?

Voldemort.

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