23 de julio de 2013

Frutos sin tiempo.

No tengo tiempo.

Eso es lo que pienso cuando me empiezo a preocupar por cosas que no soporto: no tengo tiempo. A veces realmente no tengo tiempo para quedarme sentada como la estúpida que soy y preguntarme siete millones de veces las preguntas para las que no tengo respuesta. Pero a veces tengo tanto tiempo para hacerlo que me asusta: me asusta saber que puedo preguntarme todo eso y terminar como suelo terminar yo: llorando. Porque a veces pienso que hay pocas cosas que sé hacer bien (y es verdad), y una de esas es llorar después de pensar. Porque dos palabras dichas por cualquier persona en mí son miles de incógnitas que sacan lo más triste de mí. Me convierto en esa persona miserable que intento superar y no puedo dejar de sentirme mal por un rato. Y a veces ese rato dura horas, y días, y no tengo tiempo.

No lo tengo porque sé que sí lo tengo. Porque para mi el tiempo que invierto en mis pensamientos es demasiado. Me la paso dándole manija a lo que sé, a lo que imagino, a lo que supongo, a todo. Pero mis escenarios no son prometedores: es como mirar una de esas películas que apenas empiezan sabés que vas a terminar llorando. Mis escenarios son eso: deprimentes. No siempre, pero casi todas las veces. Lo más positivo que puedo llegar a pensar nunca suele envolver a mi entorno real, y las veces que sí, son momentos en los que toda la negatividad que poseo decide darme un respiro. O yo decido darme un respiro, porque en realidad la negativa soy yo.

Con la excusa del tiempo vienen enganchadas muchas otras oraciones que me impiden entrar en esos estados: tengo mejores cosas que hacer, mejores cosas de las que preocuparme, mejores problemas que atender. Parece una broma decir "mejores problemas", porque cualquier problema es eso: un problema, y no es mejor que otro si los contextos son distintos. O así lo veo yo, pero a las oraciones no les discuto. Si les busco la vuelta, si me empiezo a preguntar por qué no me ocupo de las cosas que quiero evitar, me voy a empezar a hacer la cabeza. Otra vez. Y no quiero.

No tengo ganas.

Y esa es la pura verdad. ¿De qué no tengo ganas? A veces parece que de nada. Me aburro mucho, me tiro en mi cama a mirar el techo y a pensar en cosas que no quiero recordar pero que me intrigan. Después, obvio, las tapo. Tengo muchas cosas en las que pensar. Incluso escribo mentalmente. O por lo menos lo intento, porque casi nunca me acuerdo exactamente las oraciones que voy pensando mientras camino, o estoy acostada, o como, o lo que sea. No tener ganas de nada puede traducirse en vagancia, pero no siempre es vagancia. A veces me quiero acostar y dormir y que no me molesten y quedarme así hasta encontrar algo que me llene. Y otras veces tengo ganas de hacer de todo (lo cual últimamente me pasa seguido) y me doy cuenta de que la verdad es que no tengo ganas de amargarme. No es que antes haya tenido ganas, no es que alguna vez tenga ganas de sentirme mal y aflorar mi odio, sino que, de alguna manera, encontré una especie de forma de no hacerlo.

No tengo ganas de amargarme porque éstas vacaciones no me siento como el año pasado o el anterior, y me parece un progreso. Mínimo, máximo, pero un progreso al fin. No me la paso amargada, lo cual no quita mi cuota de malhumor y odio y preguntas sin respuestas, pero no como antes. No tengo ni tiempo ni ganas de ponerme mal, y aunque poner todo en una caja y enterrarlo pueda no ser la mejor manera de hacer las cosas, no sé si ahora estoy bien de verdad, pero estoy mejor que hace tres meses y no me quiero poner de vuelta así. No importa si todavía no aprendí a decir todo esto en voz alta (porque no me sale, no encuentro el modo, y me sigue dando vergüenza), pero algo es algo. Y aunque no me guste el conformismo, voy a aceptar este progreso (y voy a admitir que algo me "sale bien"). 

Y cuando cuente con tiempo para martillarme el cerebro lo voy a hacer, pero para eso primero tendría que caminar un par de pasos más. Lo voy a necesitar, así como también voy a necesitar que alguien me de la cabeza contra una pared cuando me ponga en la piel de la persona estúpida que se siente miserable que suelo o solía ser, pero no me voy a compadecer de eso. No porque me sienta mal me voy a quedar mal, y apenas estoy viendo pocos de los frutos que realmente esperaba (he aquí un atisbo de las esperanzas que suelo negarme a tener pero que tuve y se cumplieron), y espero más.

Simplemente deseo no encontrar gusanos en las manzanas. Y si los hay, bueno, habrá que pisarlos.

Voldemort.
(Qué lindo es poner en palabras las ideas de uno cuando en la cabeza están todas desordenadas.)

22 de julio de 2013

Atrapada en el abismo.

Lejos hay un abismo,
sin vida, sin muerte;
sujeto a lo que llaman tiempo
vehemente, difícil de seguir

Empinadas montañas inescalables;
flores: rosa, amarillo y violeta
arriba, paz en azules;
abajo cierro los ojos, no quiero mirar

De pronto todo da vueltas,
no hay nubes, no hay sol
no hay nada que valga la pena
¿por qué abriría los ojos?

Llanto, mares de lágrimas
nadie comprende, los pétalos caen;
el abismo absorbe todo, 
todo aquello que no encontró lugar

Lejos hay un abismo,
sin vida, sin muerte;
sin fin ni principio
y allí quedé atrapada.


Voldemort.
(Me agarraron muchas ganas de escribir, y Mica mencionó la palabra "poema" y las palabras se ordenaron así. Difícilmente esto sean mis pensamientos ordenados, pero algo es algo.)

15 de julio de 2013

Book me love.


Las hojas crujían bajo los pies de los caminantes. Los árboles comenzaban a quedare desnudos, si es que aún estaban vestidos. El jugo de frutas era menos frecuente, y las lluvias más. La preparación de café se olía desde el dormitorio. El sol no se quedaba tanto tiempo en compañía de los vivos de este lado del mundo como antes; ahora prefería otras compañías. Los desagües eran tapados inconscientemente por hojas, y destapados por buenas personas. O quizás no. Su alrededor cambiaba.

Lo que aún no cambiaba era la rutina de Amelia. Se levantaba temprano para ir a trabajar, y volvía después de las cuatro con el estómago lleno: comía de lunes a jueves en casa de una amiga, y los viernes en el bufet de su trabajo. A las seis de la tarde de todos los días, tomaba un café con poca azúcar y ni una pizca de leche. Previamente cambiaba su atuendo por ropa vieja, pero “presentable”, como diría su madre. Daba de comer a su dálmata, que ese año cumpliría siete, y miraba capítulos estrenos de sus series favoritos, que para su placer, se estrenaban casi todas en días distintos. Era monótono, y hasta en cierto punto, aburrido. Ya casi no se sorprendía: los capítulos eran predecibles. Imaginables.

Si sus amigas la invitaban a merendar, quizás diría que sí. Pero si lo hiciera, se aparecería luego de las cinco, habiendo visto el capítulo estreno de la serie que pasaran ese día. Tomaría un café de todos modos, reiría con las viejas anécdotas que sus amigas contaran, lloraría con las malas noticias, hablaría poco de ella, preguntaría mucho de las demás y se retiraría antes de las nueve y media, sonriente, contenta de haber pasado una amena tarde.

Si la invitaban a cenar, se ofrecería a hacer las compras, a llamar por teléfono al delivery, a cocinar, a lavar los platos, a barrer la cocina y a poner la mesa, esperando poder hacer todas, o casi todas, aquellas cosas, pero sabiendo que sus amigas no le dejarían todo el trabajo. Luego, cuando se encontraran sentadas en la mesa, diría que no le molesta ver ese programa de chimentos que tanto odia, porque no querría aburrir a sus amigas con los programas que ella acostumbraba ver. No se quedaría a dormir a menos que fuera viernes o sábado, y en tal caso se iría en la mañana del día siguiente.

Si no se quedaba a cenar, volvería a su hogar en colectivo, abriría la puerta y su dálmata festejaría su llegada moviéndole la cola. Prendería la televisión y, luego de cocinarse o pedir comida, cenaría sentada en el sillón y reiría a carcajadas con las comedias que pasaban en la noche. Seguramente luego leería un libro, y se iría a dormir tarde, no sin antes haber revisado su casilla de mail desde su celular: ese que dejaba en la mesa de la cocina casi todo el tiempo, razón por la cual contestaba tarde la mayoría de sus mensajes.

Si decidía que no quería merendar con sus amigas, les diría que estaba cansada, y aprovecharía la tarde escribiendo y leyendo. No realizaría el aseo a gran escala, porque estaba acostumbrada a hacerlo los domingos.

Los sábados, aun habiendo salido el viernes, o habiéndose quedado a dormir en casa de alguna de sus amigas, iría a la biblioteca comunitaria en la tarde. Saludaría a Carmen, la mujer que con una sonrisa recibía a todas las personas que ingresaban allí, y buscaría el libro que había dejado sin terminar el sábado anterior, o uno nuevo, en caso de haberlo terminado. Existía la posibilidad de que quizás hubiera encontrado tiempo entre semana para avanzar su lectura, pero quizás no.

Se sentaría en una de las mesas cerca de la sección “novelas”, justo en la misma en la que estaría sentado yo, desde media hora antes de su llegada. Me saludaría con un beso en la mejilla, me preguntaría cómo me encuentro, y yo le preguntaría a ella lo mismo, porque realmente estaría interesado en su respuesta. Hablaríamos por un rato, quizás nos reiríamos, quizás no. Pero seguramente el momento no sería incómodo, porque es fácil hablar con ella aún en el silencio. De libros. De música. De cualquier cosa.

Y entonces nos pondríamos a leer. Y disfrutaríamos de un silencio placentero, lleno de vida y palabras que no serían dichas en voz alta. Pero quizás mi mente se alejaría del libro y se concentraría en ella, distraída. La observaría y hasta me sonreiría. Porque ella era como los libros: estaba llena de magia e incógnitas, y todo lo que sabía de su persona era lo que había podido recolectar de nuestras conversaciones con el pasar del tiempo. Me intrigaba, y quería leerla. Quizás hasta me entendería, como muchos libros lo hacían. Seguramente me escucharía si yo lo necesitara, me abrazaría sin la necesidad de tocarme y me besaría sin posar sus labios sobre los míos.

Y desde luego volvería a enamorarme de ella, como ya lo estaba hasta entonces, y más si fuera humanamente posible. Me pondría contento cuando la viera reír. Y seguramente, cuando luego de un rato me mirara y me preguntara qué me sucedía, yo no encontraría palabras para expresarle ese amor quizás estúpido pero incontenible, terco, juvenil y tan loco como yo creía ser, y simplemente le respondería, con una sonrisa, que me distrajo su concentración, y que me tengo que ir.


(no recuerdo si lo escribí el 10 o el 11 de este mes, pero fue en clase.)
Voldemort.