Las
hojas crujían bajo los pies de los caminantes. Los árboles comenzaban a quedare
desnudos, si es que aún estaban vestidos. El jugo de frutas era menos
frecuente, y las lluvias más. La preparación de café se olía desde el
dormitorio. El sol no se quedaba tanto tiempo en compañía de los vivos de este
lado del mundo como antes; ahora prefería otras compañías. Los desagües eran
tapados inconscientemente por hojas, y destapados por buenas personas. O quizás
no. Su alrededor cambiaba.
Lo
que aún no cambiaba era la rutina de Amelia. Se levantaba temprano para ir a
trabajar, y volvía después de las cuatro con el estómago lleno: comía de lunes
a jueves en casa de una amiga, y los viernes en el bufet de su trabajo. A las
seis de la tarde de todos los días, tomaba un café con poca azúcar y ni una
pizca de leche. Previamente cambiaba su atuendo por ropa vieja, pero
“presentable”, como diría su madre. Daba de comer a su dálmata, que ese año
cumpliría siete, y miraba capítulos estrenos de sus series favoritos, que para
su placer, se estrenaban casi todas en días distintos. Era monótono, y hasta en
cierto punto, aburrido. Ya casi no se sorprendía: los capítulos eran
predecibles. Imaginables.
Si
sus amigas la invitaban a merendar, quizás diría que sí. Pero si lo hiciera, se
aparecería luego de las cinco, habiendo visto el capítulo estreno de la serie
que pasaran ese día. Tomaría un café de todos modos, reiría con las viejas
anécdotas que sus amigas contaran, lloraría con las malas noticias, hablaría
poco de ella, preguntaría mucho de las demás y se retiraría antes de las nueve
y media, sonriente, contenta de haber pasado una amena tarde.
Si
la invitaban a cenar, se ofrecería a hacer las compras, a llamar por teléfono
al delivery, a cocinar, a lavar los platos, a barrer la cocina y a poner la
mesa, esperando poder hacer todas, o casi todas, aquellas cosas, pero sabiendo
que sus amigas no le dejarían todo el trabajo. Luego, cuando se encontraran
sentadas en la mesa, diría que no le molesta ver ese programa de chimentos que
tanto odia, porque no querría aburrir a sus amigas con los programas que ella
acostumbraba ver. No se quedaría a dormir a menos que fuera viernes o sábado, y
en tal caso se iría en la mañana del día siguiente.
Si
no se quedaba a cenar, volvería a su hogar en colectivo, abriría la puerta y su
dálmata festejaría su llegada moviéndole la cola. Prendería la televisión y,
luego de cocinarse o pedir comida, cenaría sentada en el sillón y reiría a
carcajadas con las comedias que pasaban en la noche. Seguramente luego leería
un libro, y se iría a dormir tarde, no sin antes haber revisado su casilla de
mail desde su celular: ese que dejaba en la mesa de la cocina casi todo el
tiempo, razón por la cual contestaba tarde la mayoría de sus mensajes.
Si
decidía que no quería merendar con sus amigas, les diría que estaba cansada, y
aprovecharía la tarde escribiendo y leyendo. No realizaría el aseo a gran
escala, porque estaba acostumbrada a hacerlo los domingos.
Los
sábados, aun habiendo salido el viernes, o habiéndose quedado a dormir en casa
de alguna de sus amigas, iría a la biblioteca comunitaria en la tarde.
Saludaría a Carmen, la mujer que con una sonrisa recibía a todas las personas
que ingresaban allí, y buscaría el libro que había dejado sin terminar el
sábado anterior, o uno nuevo, en caso de haberlo terminado. Existía la
posibilidad de que quizás hubiera encontrado tiempo entre semana para avanzar
su lectura, pero quizás no.
Se
sentaría en una de las mesas cerca de la sección “novelas”, justo en la misma
en la que estaría sentado yo, desde media hora antes de su llegada. Me
saludaría con un beso en la mejilla, me preguntaría cómo me encuentro, y yo le
preguntaría a ella lo mismo, porque realmente estaría interesado en su
respuesta. Hablaríamos por un rato, quizás nos reiríamos, quizás no. Pero
seguramente el momento no sería incómodo, porque es fácil hablar con ella aún
en el silencio. De libros. De música. De cualquier cosa.
Y
entonces nos pondríamos a leer. Y disfrutaríamos de un silencio placentero, lleno
de vida y palabras que no serían dichas en voz alta. Pero quizás mi mente se
alejaría del libro y se concentraría en ella, distraída. La observaría y hasta
me sonreiría. Porque ella era como los libros: estaba llena de magia e
incógnitas, y todo lo que sabía de su persona era lo que había podido
recolectar de nuestras conversaciones con el pasar del tiempo. Me intrigaba, y
quería leerla. Quizás hasta me entendería, como muchos libros lo hacían.
Seguramente me escucharía si yo lo necesitara, me abrazaría sin la necesidad de
tocarme y me besaría sin posar sus labios sobre los míos.
Y
desde luego volvería a enamorarme de ella, como ya lo estaba hasta entonces, y
más si fuera humanamente posible. Me pondría contento cuando la viera reír. Y
seguramente, cuando luego de un rato me mirara y me preguntara qué me sucedía,
yo no encontraría palabras para expresarle ese amor quizás estúpido pero
incontenible, terco, juvenil y tan loco como yo creía ser, y simplemente le
respondería, con una sonrisa, que me distrajo su concentración, y que me tengo
que ir.
(no recuerdo si lo escribí el 10 o el 11 de este mes, pero fue en clase.)
Voldemort.

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