— ¡¡Esperá!!
Le salió de adentro. De la impulsividad con la que actuaba siempre; del enojo que le provocaba esa situación de mierda; la fragilidad de su corazón ante la víspera de la pérdida; de la necesidad de pasar un poco más de tiempo juntos; de la agonía de saber que si lo dejaba ir nada sería como antes; del profundo cariño que le tenía; del alma.
— ¿Qué?
Se dio vuelta y la miró con ojos expectantes. ¿Por qué lo hacía parar? ¿Por qué después de haberle dejado en claro que no le hacía bien estar con él? ¿Tan masoquista podía ser ella? ¿Y él? ¿No era masoquista también de su parte el esperar cuando lo suficientemente dolido estaba como para seguir pasando tiempo a su lado?
—No te vayas —dijo con dificultad—. Todavía no.
No antes de que te diga todo lo que le significás; no antes de que te abrace una última vez y se grabe ese olor a menta que siempre te caracterizó. No la dejes con las ganas del último beso que alguna vez podrían compartir, y menos con la incógnita de si a vos te pasa lo mismo que a ella. No te podés ir todavía.
—No sé a qué querés que espere.
Pero esperaría, aunque ella no le respondiera. Esperaría, aunque muy dentro supiera que quizás no valdría la pena, porque le importaba. No sólo ella, sino todo lo que eran. Pero ¿esperaría a que ella le dijera que podía irse, así sin más, para no volver a estar juntos? No estaba seguro de si quería esperar aquél momento.
—Soy masoquista.
¡Claro que lo era! Pedirle a la persona que más te importa en el mundo que se quede un ratito más con vos cuando todo lo que te provoca es un dolor interminable: porque se va a ir, porque nada es lo que era, porque extrañás lo que alguna vez fue, porque no soportás la idea de no estar con esa persona. ¡No había nada alegre en ese final! Pero ella le pedía que se quedara, que le hiciera doler.
—Yo me cansé de que nos duela.
De que le duela que ella se enoje, de que le duela saber que no puede hacer nada para que se sienta mejor. ¡Ese dolor horrible que te provoca ver llorar a alguien por tu culpa! ¿Podía quedarse ahí, sabiendo que a cada minuto que pasaba las ganas de llorar de su actual ex aumentaban? ¿Podía hacerle eso a ella, y hacerse eso a él mismo? ¿Permitirse clavar más profundo un puñal para satisfacerla, aún cuando su propio corazón se hacía pedazos al verlo?
—Entonces no me hagas doler.
¡Qué libro tan complicado de leer que era! Ella quería, realmente quería que él no le provocara más dolor, y estaba admitiéndolo. Estaba diciéndole, en un acto de estupidez no premeditado, lo que él tenía que hacer para que las aguas se calmaran de una vez por todas. ¡Pero no quería! Quería que se quedara, pero también que no la hiciera sufrir más.
—Los dos sabemos la solución —sentenció entonces, tomando valor de dónde no sabía que tenía—. Fue un placer.
Si aquél no fue el beso más doloroso que dio en su vida, estuvo cerca. Chocó sus labios contra su frente y caminó combatiendo contra su necesidad de abrazarla y decirle que la quería y que podían volver a intentarlo. Sabía que le provocaba dolor, y también sabía que la solución era retirarse de su vida antes de agrandar la herida. ¿No era eso lo mejor? ¿Separarse, para que ella se recuperara de su masoquismo y él también?
No tenía ni idea de lo que pasaba, pero si algo era cierto, era que no había una salida que la satisfaciera. Tendría que llorar, y reponerse, y entender que era lo mejor, por más doloroso que lo mejor fuera en ese momento. Hubiera sufrido más, realmente más, pero agradeció, muy internamente, no tener que hacerlo.
—Y hasta nunca.
Y hasta siempre.
Voldemort.
(Me salió recién, no sé de qué ni por qué, pero me gusta).
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