Nada,
todo, esto, aquello.
Te
pusiste a pensar y la mente te jugó una mala pasada: caíste en el pozo del que pocas
veces podés salir sin llorarte un mar y encima te enojaste porque no podés ser
tan pelotuda. Te decís que es el karma, porque venías TAN bien que parece una
joda.
Y
no, no es una joda. No es la primera vez que te pasa, no es la primera vez que
te decís que vas a superar todo eso y de repente algo mínimo te hace caer de
vuelta. Ya no hace falta una razón válida, no hace falta que te dejen de lado,
que te ignoren, que alguien te conteste mal. Estuviste tanto tiempo en ese pozo
que cualquier cosa, literalmente, te puede arrastrar cual agujero negro adentro
otra vez.
Ahí
estás, rodeada de negro, con la vista perdida en la luz de arriba. Nostálgica. Al principio
pensás que no vas a poder salir, que todo está mal de nuevo, que no podés creer
como llegaste hasta ahí. Pero entonces, te acordás que ya saliste una vez. ¿Por
qué sería distinto ahora? Si la primera, que estabas tan mal que pensabas en
morirte, la contaste, ¿por qué ahora no podrías? Ya tenés práctica en esto, te
decís. Sabés que es verdad, y que lo que te ata a la negatividad son esas dos
manos negras que parecen estar con vos todo el tiempo, que intentan llevarte de
nuevo a la profundidad de aquél pozo que tanto odiás, y que tan confortable te
parece cuando te acostumbrás a él. Pero no querés acostumbrarte esta vez,
querés ver luz, querés salir.
Una
vez afuera, en la vida que llevabas antes de volverte a caer, intentás alejar
todo tipo de pensamientos que puedan conducirte hasta ahí de nuevo. Lo evitás
con todo tu esfuerzo, pero la realidad es que esas manos horribles y frías
están ahí, en tus hombros, siempre presentes.
Convivís,
sí. Aprendés que no es tan fácil como pensabas deshacerte de esos años y años de dolor y enojo que ahora te pasan factura porque te extrañan. Y de una u otra
forma, intentás equilibrarte. Llorás, te enojás, sentís que odiás aunque
realmente no lo hagas por cosas mínimas, y las manos te reconfortan, pero
seguís. Le ponés buena cara, te reís un rato. Intentás que la balanza nunca
tire mucho para ninguno de los costados, caminás por el borde del pozo y tenés
miedo de caerte. A veces te caés, pero volvés. Siempre volvés, porque no
importa que tanto pueda esa oscuridad reconfortarte cuando todo está mal, sabés
que afuera hay luz, hay cosas mejores. Y querés todo lo que es mejor.
Un
buen día, dejás de sentir esa presencia que ya era parte de vos. Sí, claro que
seguís llorando. A veces es necesario hacerlo. Y sí, te sentís mal. Pero ese
vacío y esa necesidad de desaparecer no están siempre presentes. Una sonrisa te
cambia el día, un abrazo, un pequeño y mínimo gesto te recuerda que todo eso es
pasajero y que seguís adelante. El pozo está destapado, pero las manos negras están
ahí, no con vos. Las saludás como si fueran viejas amigas, sin recelo. Al fin y
al cabo, fueron parte de vos. Y ojalá nunca lo vuelvan a ser.
Voldemort.
(siempre me imaginé la depresión como un pozo con una presencia negra dentro, que te intenta llevar. De ahí las manos negras)
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