7 de junio de 2012

Soy (y no) vos.


Uno de los mayores problemas que tengo conmigo misma es que me odio pero al mismo tiempo no lo hago. ¿Por qué? ¿Alguna vez escucharon que se dice que uno odia en los demás lo que no les gusta de uno mismo? Odio eso. Me odio a mí, porque soy igual a él; al mismo tiempo no me odio porque en muchas cosas no lo soy. Porque él es todo eso que no me gusta. Es una persona que siempre, absolutamente siempre, va a tener la razón, no importa que tan equivocado esté; no va a haber nunca un “porque sí” que te fundamente con algo que no sea “porque a mí no me gusta”; no le vas a poder criticar nada porque él no se cree perfecto, pero sí mejor que todos; va a pretender que aceptes su verdad como verdad absoluta, a toda costa; te va a herir, de las formas más horribles que pueda; te vas a sentir la peor basura que pisó la tierra. Es de esas personas que intento evitar en mí vida. Pero yo soy él. Yo hiero, porque los palos que tiro a veces sé que van a herir. Puedo reconocer que me equivoco, puedo darle la razón a otro, y no pretendo que todos tengan mi posición en cuanto a las cosas. Pero hiero y no me doy cuenta a veces. Otras sí. Y soy cabeza dura, y grito mucho. Grito mucho porque no encuentro forma de que me presten atención que no sea gritando. Me crié gritando. Me crié peleando. Y deseé siempre ser un espécimen de género masculino para enfrentar las cosas de otra forma, para rebelarme como a mí me gustaría, para cumplir dieciocho e irme de mi casa y no tener que preocuparme por cosas que una mujer sí se preocupa. Pero soy mujer, y así me la tengo que bancar.

Me odio porque soy como vos. Soy vos. Pero no estoy tan mal.

Al mismo tiempo encuentro en vos cualidades que sí me gustan, como por ejemplo tu capacidad para hacer reír a la gente; de pensar en los demás. Son cosas que no se ignoran, porque no importa cuánto dolor me puedas llegar a causar, sos mi viejo, soy tu hija, y tengo un cierto cariño por vos que eso no quita. Sin embargo odio que me digan que soy como vos. Lloro siempre que lo hacen. ¿Y sabés porqué me duele, más que nada? Porque no quiero. Porque no me gusta. Porque si soy así corro el riesgo de inculcarle a mí hermano todo esto que soy, y yo quiero que él sea como es, una de las personas más buenas del mundo, aunque un poco colgadas.

No te odio porque no sos tan malo, pero la mayor parte del tiempo no sos “bueno”.

Pero una sonrisa no vale mil lágrimas. Mil lágrimas son iguales a una sonrisa. Lloré mil lágrimas por cada sonrisa que me sacaste, y ninguna de las mismas curó el dolor que me dejaste. No creo que eso suceda, tampoco. El dolor se camufla, pero no desaparece. Y ni el borrón y cuenta nueva van a poder hacer que me olvide de esas lágrimas que por tu culpa derramé. O por mi culpa. O por culpa de ambos. Porque tu provocación estaba, y yo siempre fui débil. Y aunque mil lágrimas sean una sonrisa, en éste último tiempo me estás sacando más muecas de felicidad que gotas de agua salada. Y yo me doy cuenta de que aunque odie parecerme a vos, y me odie por ser como vos, y en algún punto te desprecie, estás cambiando. Lentamente. Y aunque eso no cambie nada de todo lo que pasó, y aunque mi postura valla a ser siempre la misma, aprecio el hecho de que quieras, o por lo menos intentes, no herirme veinticuatro horas al día siete días a la semana. Te sale mal, muchas, muchas veces, pero si la intención es lo que cuenta creo que voy a tener que cerrar la boca y esperar.

Sin embargo esto ya pasó. Ya quisiste, y no pudiste. Por favor (te lo ruego) que no sea como esa vez. No vuelvas a ser ese ser que adoraría nos dejara. Pensá un poco más en que vos también pusiste de lo tuyo para que nosotros “existamos”; hacete cargo de tus errores, y por sobre todas las cosas, dejá de inculcarnos que tenemos que arrasar con todos para ser alguien, porque así no es. Estoy aguantando desde hace un montón de años. Voy a aguantar algunos más, sí. Pero si volvemos a lo de antes no creo que pueda seguir en ésta postura de ser “considerada” con tus actos. Podrás ser simpático con los demás, pero a mí no me lo demostrás tan seguido. No quiero que los otros me digan que sos bueno, quiero decirlo yo. No quiero que me cuenten lo considerado que sos, quiero que consideres que soy una pendeja depresiva de dieciséis años que llora porque la hacés sentir una mierda y lo sabés, que te acuerdes de que tenés dos hijos que necesitan un padre que no sea un pelotudo ni se crea el rey del mundo. No te pido mucho, me parece. Y si te cuesta cumplirlo, no nos hagas pasar por los momentos horribles que solemos pasar cuando empezás a putear a todo el mundo. A mí no me interesa. No me enseñás nada. Si en tus planes no está cambiar de verdad, o por lo menos considerar la edad que tenemos, a mí por lo menos no me interesa verte. Porque me hacés doler.

Y me duele, todos los días.

Voldemort.

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