Uno de los
mayores problemas que tengo conmigo misma es que me odio pero al mismo tiempo
no lo hago. ¿Por qué? ¿Alguna vez escucharon que se dice que uno odia en los
demás lo que no les gusta de uno mismo? Odio eso. Me odio a mí, porque soy
igual a él; al mismo tiempo no me odio porque en muchas cosas no lo soy. Porque
él es todo eso que no me gusta. Es una persona que siempre, absolutamente
siempre, va a tener la razón, no importa que tan equivocado esté; no va a haber
nunca un “porque sí” que te fundamente con algo que no sea “porque a mí no me
gusta”; no le vas a poder criticar nada porque él no se cree perfecto, pero sí
mejor que todos; va a pretender que aceptes su verdad como verdad absoluta, a
toda costa; te va a herir, de las formas más horribles que pueda; te vas a
sentir la peor basura que pisó la tierra. Es de esas personas que intento
evitar en mí vida. Pero yo soy él. Yo hiero, porque los palos que tiro a veces
sé que van a herir. Puedo reconocer que me equivoco, puedo darle la razón a
otro, y no pretendo que todos tengan mi posición en cuanto a las cosas. Pero
hiero y no me doy cuenta a veces. Otras sí. Y soy cabeza dura, y grito mucho.
Grito mucho porque no encuentro forma de que me presten atención que no sea
gritando. Me crié gritando. Me crié peleando. Y deseé siempre ser un espécimen
de género masculino para enfrentar las cosas de otra forma, para rebelarme como
a mí me gustaría, para cumplir dieciocho e irme de mi casa y no tener que
preocuparme por cosas que una mujer sí se preocupa. Pero soy mujer, y así me la
tengo que bancar.
Me odio
porque soy como vos. Soy vos. Pero no estoy tan mal.
Al mismo
tiempo encuentro en vos cualidades que sí me gustan, como por ejemplo tu
capacidad para hacer reír a la gente; de pensar en los demás. Son cosas que no
se ignoran, porque no importa cuánto dolor me puedas llegar a causar, sos mi
viejo, soy tu hija, y tengo un cierto cariño por vos que eso no quita. Sin embargo
odio que me digan que soy como vos. Lloro siempre que lo hacen. ¿Y sabés porqué
me duele, más que nada? Porque no quiero. Porque no me gusta. Porque si soy así
corro el riesgo de inculcarle a mí hermano todo esto que soy, y yo quiero que él
sea como es, una de las personas más buenas del mundo, aunque un poco colgadas.
No te odio
porque no sos tan malo, pero la mayor parte del tiempo no sos “bueno”.
Pero una
sonrisa no vale mil lágrimas. Mil lágrimas son iguales a una sonrisa. Lloré mil
lágrimas por cada sonrisa que me sacaste, y ninguna de las mismas curó el dolor
que me dejaste. No creo que eso suceda, tampoco. El dolor se camufla, pero no
desaparece. Y ni el borrón y cuenta nueva van a poder hacer que me olvide de
esas lágrimas que por tu culpa derramé. O por mi culpa. O por culpa de ambos.
Porque tu provocación estaba, y yo siempre fui débil. Y aunque mil lágrimas
sean una sonrisa, en éste último tiempo me estás sacando más muecas de felicidad
que gotas de agua salada. Y yo me doy cuenta de que aunque odie parecerme a
vos, y me odie por ser como vos, y en algún punto te desprecie, estás
cambiando. Lentamente. Y aunque eso no cambie nada de todo lo que pasó, y
aunque mi postura valla a ser siempre la misma, aprecio el hecho de que
quieras, o por lo menos intentes, no herirme veinticuatro horas al día siete
días a la semana. Te sale mal, muchas, muchas veces, pero si la intención es lo
que cuenta creo que voy a tener que cerrar la boca y esperar.
Sin embargo
esto ya pasó. Ya quisiste, y no pudiste. Por favor (te lo ruego) que no sea
como esa vez. No vuelvas a ser ese ser que adoraría nos dejara. Pensá un poco
más en que vos también pusiste de lo tuyo para que nosotros “existamos”; hacete
cargo de tus errores, y por sobre todas las cosas, dejá de inculcarnos que
tenemos que arrasar con todos para ser alguien, porque así no es. Estoy
aguantando desde hace un montón de años. Voy a aguantar algunos más, sí. Pero
si volvemos a lo de antes no creo que pueda seguir en ésta postura de ser “considerada”
con tus actos. Podrás ser simpático con los demás, pero a mí no me lo demostrás
tan seguido. No quiero que los otros me digan que sos bueno, quiero decirlo yo.
No quiero que me cuenten lo considerado que sos, quiero que consideres que soy
una pendeja depresiva de dieciséis años que llora porque la hacés sentir una
mierda y lo sabés, que te acuerdes de que tenés dos hijos que necesitan un
padre que no sea un pelotudo ni se crea el rey del mundo. No te pido mucho, me
parece. Y si te cuesta cumplirlo, no nos hagas pasar por los momentos horribles
que solemos pasar cuando empezás a putear a todo el mundo. A mí no me interesa.
No me enseñás nada. Si en tus planes no está cambiar de verdad, o por lo menos
considerar la edad que tenemos, a mí por lo menos no me interesa verte. Porque
me hacés doler.
Y me duele,
todos los días.
Voldemort.

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