21 de mayo de 2012

Mates.


  Existen diferentes tipos de mates. Dulce y amargo. Con cáscara de limón o de naranja. Caliente o frío. Con agua o con jugo. Pero también están los mates de compañía y de horario. Está ese mate de las tres de la tarde, en pleno culebrón venezolano, que consumís sin darte cuenta. Cuando te querés acordar no hay más agua en la pava y estás tan enganchada con lo que ves (que seguramente se trata de un tipo rico que se enamora de una mina sin mucha plata, pero que está casado o a punto de casarse con otra flaca que se aprovecha de él por su dinero y que, en algún momento, finge un embarazo. O bien se embaraza, pero de otro, que es el que idea el plan de todo y al que normalmente tildan de culpable) que levantarte no es una opción. Además sabés que si te levantás para llenar la pava y calentar el agua, vas a tener que ir al baño, porque bueno, te tomaste una pava entera, y también seguramente te va a agarrar hambre. Pero te da tanta fiaca todo que te quedás sentada en la silla, mirando la tele como si fuese una película increíble, con hambre, ganas de ir al baño y sed. Pero ¿levantarse? Ni ahí.
   Después están los mates con las madres. Ellas ponen la pava, vos sentás tu cuerpecito en la silla y se prende la tele. Pero no la van a ver, eh. La van a dejar prendida en cualquier canal para que haga ruido de fondo. Y ahí empieza. Que cómo está el colegio, como están tus amigos, si tenés novio, si te pasa algo, si pensás esforzarte más... Son los mates de las charlas. Le contás de tu vida a tu progenitora y, de alguna forma, te sentís mejor. Porque se lo dijiste a alguien.
   El mate con amigos es uno de mis preferidos. "Poné la pava", dice uno y se sientan en ronda. Por ahí toca un mate filosófico, en el que cae la noche y la cosa se pone buena, y se ponen todos a hablar de la vida. De si existimos, de las frases de chabones que nos parecen re genios, de lo que pensamos, de nuestras metas, sueños... hablamos con una pava, que pasan a ser dos, tres o más, y nos sentimos tan bien y tan en casa que nos quedaríamos así para siempre. Además nunca faltan esas charlas típicas en el medio, en la que al final terminan todos riéndose. Porque somos todos amigos.
   También existe el mate de las peleas. El de la bronca. Del arreglo. Ese en el que el que ceba se cuelga, porque todos tienen algo para decir. Un mate va, un mate viene, y las cosas salen a la luz. Uno que dice que está mal, el otro que no lo entiende, el otro que sí, el otro que siempre lo supo, y así, todo lo que todos piensan. Y se llega a algo. Pero no siempre. Se sigue tomando mate hasta que nadie tiene más ganas. Se produce un breve silencio y, más tarde, están hablando de otra cosa. Porque el mate, junto con todo lo demás, los compuso.

   Por lo menos estos días estuve sintiendo que necesito unos mates. Mates con mi vieja para contarle la situación de mierda que estoy pasando; mates adelante de la televisión, sola y sin tener que hacer ninguna otra cosa, para irme un poco de este mundo y centrarme en problemas ajenos que al final, siempre tienen solución; mates con amigos para reírme y no parar de exponer teorías. Pero sobre todo necesito mates de peleas. Mates que hagan que la gente diga qué le pasa, y que las cosas cambien. Como tenga que ser, que sea. Pero ahora. Porque si ponés la pava, te tomás el mate. Y, por lo que veo, la pava hierve y nadie se hace cargo.

Voldemort.

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