No sé si valgo la pena.
Soy una fracasada. No tengo éxito. No termino ni la mitad de las cosas que empiezo. No soy una buena persona, por lo menos no siempre. Soy una mentirosa. Niego cosas que me pasan, niego saber de qué hablan, niego acusaciones. Me lo guardo para mí. Porque es algo que es mío y no quiero compartir. Soy una cobarde. No sé cómo reunir el valor para pararme y gritar que me siento mal y que me quiero morir. Soy débil. Necesito que estén conmigo, porque a veces no puedo seguir caminando sola como si nada. Tengo una sonrisa falsa en la cara casi la mayor parte del tiempo.
No creo valer la pena.
Culpo a la sociedad de mis sentimientos, pero yo soy parte de la sociedad. Yo también tengo la culpa. Es mi culpa ser y sentirme gorda, odiarme físicamente cada vez que me miro en un espejo. Es mi culpa no poder depositar mis sentimientos en la mesa cuando me siento mal, y guardármelos para seguir teniéndolos en el pecho. Es mi culpa que algunas personas piensen que soy completamente estúpida y distraída. Porque yo decido que estar soñando despierta es mejor. Yo tengo la culpa de que mi viejo me trate como si yo no fuese nadie, porque no sé como decirle que soy alguien. Incluso pensando que no lo soy.
En realidad no valgo la pena.
Para qué tener una amiga que se siente mal constantemente y que considera el hecho de quitarse la vida una opción no descartable en unos diez años. Una amiga que vive con culpabilidad y dolor, porque se odia. Para tener que estar pendiente de lo que le pasa, es estúpido. Para hacer que se sienta bien, es estúpido. Porque tener de amiga a alguien como yo es complicado. Soy complicada.
Nunca fui nada especial. Nada bueno. Nada que valiera realmente la pena. No fui lo suficientemente buena para nada. Ni para nadie. Y no lo soy. Y por lo visto jamás lo seré.

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