"You have become a stranger to me".
Cortito y al pie. Cuántas personas se habrán convertido en extraños de un momento a otro, sin siquiera haberlo notado. Cuántas otras tuvimos que ver alejarse pensando que no podíamos hacer nada más para que se quedaran con nosotros. Cuántos.
Puedo decir, según mi experiencia, que el primer sentimiento que te invade cuando te das cuenta de que uno de tus amigos más grandes se aleja es el de culpa. Sentís que hiciste algo mal. Que no fuiste suficiente. Después tenemos la decepción. Nada más horrible que comparar lo que era esa persona antes, cuando la relación que vos tenías con él o ella era increíble y podían contarse todo, con ésta especie extraña de relación, en la que con suerte vas a poder abrazarlo/a sin sentirte incómodamente mal. Y ahí te llegan todos los sentimientos juntos, desde la pena y el dolor, hasta el odio y el enojo más profundo que pensaste que alguna vez podrías sentir. Llega también esa necesidad inhumana de aprovechar el poco tiempo que te queda con lo que esa persona era, mientras la ves irse. Te aferrás a lo que conocés, a lo que sabés, a lo seguro, y cuando te das cuenta de que con eso no alcanza, la persona que querías ya se fue. No es lo que era, no te trata como antes, no tienen una relación de pura y completa confianza como en otros momentos la tenían. No, son extraños.
Después te preguntás si ellos piensan como vos, si se hechan la culpa o te la tiran a vos, pero al final te das cuenta de que eso no sirve. Ya se separaron, ya se alejaron. Por más culpable que se busque, la muralla queda, no se derriba. Aunque, a veces, se salta.

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