Mis viejos fuman. No desde ayer, ni desde hace dos años, sino que desde que nací. Desde antes de que yo naciera, en realidad. Mi vieja no sé, realmente, pero sé que mi viejo fuma desde los dieciocho años. Tiene cincuenta y dos. ¿Mucho tiempo, no? Mi abuelo materno también fuma, bastante, no sé si tanto como mi viejo, pero están ahí. Mi abuela materna fuma uno cada tanto. Mi abuela paterna fumaba, pero fue hasta que empezaron sus setenta, y no fumó toda su vida. Además, era un cigarrillo cada dos semanas. Míos únicos dos tíos (el hermano de mi vieja y la prima de mi viejo; sí, están casados. En su casamiento se conocieron mis viejos), también fuman. Sé que mi tío desde los veinte, o por ahí. Mi tía un poco después, pero están los dos arriba de los cuarenta, como mi vieja, y siguen. Mis primos no (aunque la más chica no tiene edad para pensarlo, ni siquiera, jajaja). Mi abuelo paterno no sé, no hablamos nunca de él en casa, pero siempre quise, siempre. Sé que mis dos tías abuelas (una de las cuales es mi madrina) no fuman. Mi tío abuelo tampoco fumaba. Mi tío segundo está cerca de ser una de las personas más sanas del mundo.
A lo que voy con esto es a que todas esas personas que fuman, se dicen las unas a las otras que no fumen más, que lo dejen, que hace mal. «Ese es el último que te fumás, ¿no?» «¿Cuándo vas a dejar de fumar? Te hace mal». Y después de un rato, cuando entienden que esa hipocresía, esa forma barata del haz lo que yo digo pero no lo que yo hago no sirve, empieza la realidad. «¿Me convidás uno?» «Eu, ¿no me lo prendés?» Pasan, en dos minutos, por ahí diez, o una hora, o tres, o el tiempo que sea que tenga que trascurrir, de hacerse los señores y las señoras "quiero preservar tu salud", a pedir fuego o un pucho. Es hipócrita. Porque después, cuando ven en la calle a un pendejo de dieciséis, diecisiete o dieciocho años fumando, se indignan. Dicen que no pueden creer como son tan descerebrados. ¿Descerebrados? Me imagino, que piensan lo mismo de ustedes mismos, ¿no?
Creo que lo que me molesta es eso. No solamente de mi familia, sino de todo aquél que fume. Cuando vos fumás, vos sabés que estás entrando en algo de lo que te podés volver muy dependiente, como también podés fumar un cigarrillo cada tanto. Pero lo sabés, sos consciente de que te hace mal y es un peligro. Y si tenés cuarenta años, y fumás, y lo hacés desde tu adolescencia, ¿con qué cara vas a decir que son unos descerebrados? ¿Me estás jodiendo? Fumás. Vos también fumás. Que tengas cuarenta años no te hace menos descerebrada. Si los que fuman son descerebrados, entonces la mitad de la población del mundo, creo yo, es descerebrada, ¿no? No solamente los adolescentes. No solamente sus hijos. Porque la gravedad se ampare de todos nosotros cuando un padre descubre que su hijo fuma. Cuando un padre de estos, digo, lo descubre. «No te podés arruinar la vida así», dicen. ¿Pero no están ellos arruinándose la vida, también? ¿Y se quejan de nosotros?
Es mí forma de verlo, obvio. Yo fumo cuando me pongo muy, muy nerviosa. Y cuando me convidan. No en presencia de mis viejos. Porque están en contra de que se me ocurra fumar en algún momento de mí vida. Aunque si alguna vez se dan cuenta, está bien... Me retarán, me dirán de todo, pero eso no cambia nada. Van a ser hipócritas siempre. Ellos fuman. Por lo mismo. Mi viejo fuma por los nervios, la tensión. Mi mamá también. ¿Entonces? Yo sé que una flaca de dieciséis años para ustedes no puede tener demasiadas presiones, ni tener los nervios a flor de piel, pero... están equivocados. Muy.
Cada uno se arruina la vida como tiene ganas, al final.
Voldemort.

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