Miedos existen muchos. Está ese miedo a la separación de nuestras padres cuando somos chicos así como también existe el miedo a ser descubiertos cuando hacemos algo malo. El miedo a no encajar, a quedarse afuera, e incluso el miedo de muchos hombres: morir. Sin embargo, los miedos no son sino una expresión de incertidumbre hacia lo que el futuro nos depara.
A veces, cuando no sabemos si mamá va a volver de traer esa leche o esa docena de huevos que se olvidó de agarrar -y la llamamos telepáticamente sin éxito- sentimos un estrujoncito en el pecho, porque ¿qué pasa si mamá no vuelve? ¿Si llega nuestro turno en la caja y no tenemos con qué pagar? Y cuando sabemos cosas que afectan a las personas que nos rodean, pero no podemos decir lo que tanto nos carcome de noche, ¿no se siente ese miedo a que el otro se enoje con nosotros? ¿Nunca sintieron esa sensación abrasadora, que a veces nos lleva al dolor, y que nos mantiene despiertos de noche? Eso es miedo; miedo puro.
Somos un conjunto de miedos generados por las dudas constantes que vamos teniendo a media que crecemos; miedos que podemos enfrentar y miedos que no. La vida, el tiempo que nuestras almas están dentro de nuestros cuerpos, se trata del miedo, de como, en momentos específicos, le hacemos frente a los monstruos de dudas que nos dominan y tanto espantan.
El enfrentamiento con nuestros miedos, podamos o no sobrellevarlo, también nos ayuda a crecer. Se gane o se pierda la batalla, de cada una obtenemos experiencias que nos ayudan a seguir adelante, a seguir peleando a capa y espada contra el monstruo de los miedos que vive en y con cada uno de nosotros.
Voldemort.
(Escrito el 28/08/2012, en el curso de Literatura al que asisto).
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario