19 de diciembre de 2013

¿Lo mejor?

— ¡¡Esperá!!

Le salió de adentro. De la impulsividad con la que actuaba siempre; del enojo que le provocaba esa situación de mierda; la fragilidad de su corazón ante la víspera de la pérdida; de la necesidad de pasar un poco más de tiempo juntos; de la agonía de saber que si lo dejaba ir nada sería como antes; del profundo cariño que le tenía; del alma.

— ¿Qué?

Se dio vuelta y la miró con ojos expectantes. ¿Por qué lo hacía parar? ¿Por qué después de haberle dejado en claro que no le hacía bien estar con él? ¿Tan masoquista podía ser ella? ¿Y él? ¿No era masoquista también de su parte el esperar cuando lo suficientemente dolido estaba como para seguir pasando tiempo a su lado?

—No te vayas —dijo con dificultad. Todavía no.

No antes de que te diga todo lo que le significás; no antes de que te abrace una última vez y se grabe ese olor a menta que siempre te caracterizó. No la dejes con las ganas del último beso que alguna vez podrían compartir, y menos con la incógnita de si a vos te pasa lo mismo que a ella. No te podés ir todavía.

—No sé a qué querés que espere.

Pero esperaría, aunque ella no le respondiera. Esperaría, aunque muy dentro supiera que quizás no valdría la pena, porque le importaba. No sólo ella, sino todo lo que eran. Pero ¿esperaría a que ella le dijera que podía irse, así sin más, para no volver a estar juntos? No estaba seguro de si quería esperar aquél momento.

—Soy masoquista.

¡Claro que lo era! Pedirle a la persona que más te importa en el mundo que se quede un ratito más con vos cuando todo lo que te provoca es un dolor interminable: porque se va a ir, porque nada es lo que era, porque extrañás lo que alguna vez fue, porque no soportás la idea de no estar con esa persona. ¡No había nada alegre en ese final! Pero ella le pedía que se quedara, que le hiciera doler.

—Yo me cansé de que nos duela.

De que le duela que ella se enoje, de que le duela saber que no puede hacer nada para que se sienta mejor. ¡Ese dolor horrible que te provoca ver llorar a alguien por tu culpa! ¿Podía quedarse ahí, sabiendo que a cada minuto que pasaba las ganas de llorar de su actual ex aumentaban? ¿Podía hacerle eso a ella, y hacerse eso a él mismo? ¿Permitirse clavar más profundo un puñal para satisfacerla, aún cuando su propio corazón se hacía pedazos al verlo?

—Entonces no me hagas doler.

¡Qué libro tan complicado de leer que era! Ella quería, realmente quería que él no le provocara más dolor, y estaba admitiéndolo. Estaba diciéndole, en un acto de estupidez no premeditado, lo que él tenía que hacer para que las aguas se calmaran de una vez por todas. ¡Pero no quería! Quería que se quedara, pero también que no la hiciera sufrir más.

—Los dos sabemos la solución —sentenció entonces, tomando valor de dónde no sabía que tenía. Fue un placer.

Si aquél no fue el beso más doloroso que dio en su vida, estuvo cerca. Chocó sus labios contra su frente y caminó combatiendo contra su necesidad de abrazarla y decirle que la quería y que podían volver a intentarlo. Sabía que le provocaba dolor, y también sabía que la solución era retirarse de su vida antes de agrandar la herida. ¿No era eso lo mejor? ¿Separarse, para que ella se recuperara de su masoquismo y él también?

No tenía ni idea de lo que pasaba, pero si algo era cierto, era que no había una salida que la satisfaciera. Tendría que llorar, y reponerse, y entender que era lo mejor, por más doloroso que lo mejor fuera en ese momento. Hubiera sufrido más, realmente más, pero agradeció, muy internamente, no tener que hacerlo.

—Y hasta nunca.

Y hasta siempre.


Voldemort.
(Me salió recién, no sé de qué ni por qué, pero me gusta).

12 de diciembre de 2013

Campamento azul 2013.



Tarde pero seguro.
Cuánta magia que tiene un campamento. Cuánta gente linda que puede conocer uno en un campamento. ¡Y cuántas sonrisas que podés regalar y recibir! Qué lindo es compartir momentos así con personas hermosas. Me llevo en el corazón el campamento azul 2013 y a las personas que conocí y con quienes compartí esos cinco días a pura risa y diversión. Da placer la gente así, siempre predispuesta, siempre ahí.
Me llenaron el corazón de alegría.

12 de octubre de 2013

Pará! Y corré.


No es como si tuviera derecho a quejarme, porque soy yo la que decide no mostrarse cómo es todo el tiempo y alejarse a la hora de hablar de lo que pasa. No es como si me pudiera quejar porque claramente la que no deja que alguien se acerque soy yo. Pero, ¿es mucho pedir que exista una persona que se de cuenta de estas cosas y que no tenga que ser yo la que suelte la bomba, sino que alguien me haga sentir en confianza y me lo pregunte, y yo pueda responder? ¿Realmente es mucho pedir?

Entonces no sé por qué tendría que tener "derecho" para quejarme, porque me estoy quejando igual y ni siquiera sé si es o no hipócrita, porque soy tan contradictoria todo el tiempo que ya ni entiendo.

Supongo que la etapa de sentir que todo se derrumba y se reconstruye no se terminó todavía, porque evidentemente o no la puedo superar o me quedan cosas que ver derrumbarse y reconstruirse, o quedarse en ruinas. Porque a veces las cosas se quedan en ruinas, ¿no? Das el cien por ciento de vos y ahí están los restos, que no van a volver a ser lo que eran, o siquiera un asomo de lo que eran. Se van a quedar así y lo vas a tener que aceptar y afrontar, porque nada de lo que hagas lo va a cambiar. 

Pero quiero que se termine. Quiero que pare, que las cosas se dejen de derrumbar, que el mundo no gire y que las ruinas desaparezcan. No se puede, pero ahora mismo quiero que pase todo eso, porque no puedo seguir caminando con tantas cosas en la cabeza y tampoco las puedo volcar en alguien más, porque no se lo  merecen. No quiero que se me caigan las paredes que construí con tanto esfuerzo, pero una a una las tengo que reforzar porque siento que en cualquier momento me voy a poner a llorar adelante de quien sea, porque no soporto mis propias reglas pero a la vez creo que son lo mejor. ¿Lo mejor para quién? Para mí seguro que no, pero no podría actuar de otra manera. No podría hablar con las personas cada vez que sintiera que algo va mal porque no me sentiría bien haciéndolo. Qué loco, no me sentiría bien haciéndolo y no me siento bien callándomelo, pero me siento mejor que si lo hiciera. Qué loco que es todo esto de sentir y ser adolescente y tener que caminar y seguir adelante con una mochila en la espalda.

Pero la preocupación se va a ir, porque dentro de poco va a pasar, entonces no tengo por qué preocupar a nadie más que no sea yo. Así que refuerzo las paredes, porque siempre es mejor prevenir, y me siento a esperar a que pase. A que se termine esta parte, la única parte que se cuando termina. ¿Y todo lo demás? Todo lo demás está ahí. Hay cosas que ya desaparecieron, hay otras que se van a quedar ahí siempre. Hay sentimientos que todavía no aprendí a ignorar, supongo que es cuestión de tiempo. Pero ¿cuánto tiempo? Eso tampoco lo sé.

Creo que lo que queda es mirar el lado positivo y el negativo y disfrutar el positivo mientras el negativo se alimenta a sí mismo, porque muchas veces no le hace falta que alguien más lo alimente. Pero hay que seguir caminando y sonreír, sonreír porque la vida sigue y en el futuro va a haber muchas cosas más por las que preocuparse o quizás no, y es mejor disfrutar lo que se puede. Porque las cosas mejoran, seguro que sí, y cuando todo está bien la vida es increíble.

Voy a correr hasta llegar a ese punto. Y después veremos. Como de costumbre, veremos.

Voldemort.

8 de septiembre de 2013

BRC2013.

¿Qué me guardo?

Me guardo toneladas de risas. Con amigos, coordinadores, gente nueva, desconocidos, conocidos. Toneladas de risas que reflejan lo increíble que fue el viaje, la ida, la vuelta, la estancia, todo. Me divertí tanto que no puedo no sonreír cuando me acuerdo de mi viaje de egresados.

Me guardo un poco de llanto. Llanto en la Cena de Velas cuando todos nos sensibilizamos  Por cosas que pasaron, por cosas que están pasando ahora, y por cosas que vemos venir. Porque extrañaba al que no estaba allá con nosotros pero sí acá en Buenos Aires. Porque amo a mi familia y a mis amigos, y mis amigos son parte de mi familia. Llanto de emoción: emoción de estar ahí con la gente que me llena el alma a más no poder.

Me guardo todos los gritos que uno se pueda imaginar. Para bajar a comer, para cambiarnos, para despertarnos, para lo que fuera. De los coordinadores y de cualquier persona. Me llevo gritos de alegría y de tristeza y también de enojo, tanto míos como de otros. Gritos que se superaron y que ahora causan gracia.

Me guardo miles de recuerdos. En todo momento, en todo lugar, con mis amigos, mis conocidos, desconocidos, gente nueva, coordinadores. Miles de recuerdos felices que hacen que diga "la puta madre, ¡quiero volver!". Cosas tan chiquitas y otras tan gigantes.

Me guardo los mates en la playita privada con amigos. Me guardo a las amistades que me traje. Me guardo todas las canciones que canté con mi promoción. Ese "bueeeeenaa Linkin. Sos una genia" que me dijo un chico que no sé quién es mientras yo subía las escaleras y él las bajaba. Ese "vení vos también, dale" de Mono y el abrazo que le siguió en la Cena de Velas. El "sos como una hermana para mí" de uno de mis amigos más viejos. El abrazo en el que le expresé a mi mejor amigo y hermano de la vida todo lo que yo lo amo y que siempre voy a estar con él. El darme cuenta de lo mucho que amo a mis amigos. Lo ebrio que estaba mi cuasi hermano cuando bailábamos. La ida a la fiesta de disfraces con mi mejor amigo gritando "¡¡Aguante Adam Smith!!", una de mis amigas respondiendo "¡¡Viva Marx carajo!!" y yo diciendo "¡¡Aguante el socialismo, loco!!". Las siestas en la habitación de los "p". Me guardo haber quedado empapada de barro, haber tragado nieve, haberme caído esquiando, haber tirado bolas de nieve, haber manchado con barro a la gente, haberme reído a más no poder.

Me guardo tantas cosas que no sé como me entran. Yo veía mi viaje de egresados como algo que nunca iba a llegar, y de repente me estaba subiendo a un micro en el que venía la banda de Pergamino tomando vino y haciendo quilombo. Y de repente estábamos todos escuchando música y riéndonos. Y de repente estábamos en el huemul inspeccionando las habitaciones de toda la gente que conocíamos. Y ya se pasó. Y no pudo ser más increíble. Las excursiones, las noches, las comidas, nada pudo ser más increíble.

Pero nada, nada fue más increíble que pasarlo con mis amigos. Levantarme y ver a mis amigas durmiendo como morsas, turnarnos para bañarnos, salir al pasillo y encontrarme con más amigas y compañeras de curso y gente de mi promoción. Subir y bajar las escaleras y seguir con gente. Fue vivir con mi promoción, fue vivir con mis amigas. No se me ocurre un viaje más increíble que éste porque éste tuvo todo; salidas, excursiones, risas, llantos, y amigos. Familia, porque mis amigos son mi familia. Y Bariloche me hizo reafirmar que los amo con mi vida y que no podría vivir sin ellos.

Bariloche te pasaste volando, pero me hiciste feliz. Gracias mamá y papá por dejarme ser feliz así. A ustedes también los amo.

Voldemort.

City of me.

Me imagino parada en el medio de la avenida principal de una gran ciudad cuyos edificios se derrumban, cuyos árboles perecen, cuyos habitantes desaparecen. Por momentos todo es desolado, todo es desierto: desierto en vida. Porque el desierto es todo lo que yo veo pero no todo lo que hay. Hay más, mucho más que yo no conozco y no veo, ciudades enteras, con edificios y torres y personas que son felices.

¿Por qué esas personas no se mudan a mi ciudad? ¿Por qué no llamo al mismo artista para que dibuje mi paisaje? ¿Por qué acá todo perece y allá no? ¿Por qué mi mundo se cae a pedazos mientras los demás mundos siguen en pie, siempre fuertes, siempre valientes? ¿Por qué no soy como las personas felices, y reconstruyo todo de una forma que me impida seguir cayéndome de vez en cuando?

Porque puedo reconstruir. Puedo volver a pintar el paisaje. Y revivir a todos mis muertos. ¿Pero de qué me sirve si eso no dura nada? Son segundos que muchas veces no puedo aprovechar. Es tiempo que invierto en reconstruir desde la base cuando tendría que construir incluso la base nuevamente. No soy una gran edificadora de ciudades, no puedo ni siquiera mantener el primer edificio que creé en pie, y pretendo darle vida a toda una ciudad. ¡Es una locura! Una locura que por momentos me parece la mejor decisión que jamás voy a tomar, porque esa locura me da esperanzas. Ver mi ciudad siendo lo que yo anhelo que sea me da ganas de seguir caminando por las mismas calles, de estar y participar y no solo mirar.

Ladrillo por ladrillo reconstruí, ahora, casi todo lo que pensé que no tenía arreglo. Hasta esos detalles que hubiera sido mejor dejar como estaban, en ruinas, olvidados. Puse y pongo lo mejor de mí y ver que los árboles están floreciendo. Sonrío, porque la ciudad tiene vida de nuevo.

Quizás no sea la mejor decisión que tome en la vida, quizás tendría que dejar de aferrarme tanto, quizás debería empezar a pensar que a veces para estar bien tengo que hacer cosas que por momentos no me parezcan correctas y deteste, ¿pero no es estar bien lo que busco? ¿No es mi fin último la felicidad? Y no esa felicidad ficticia que a veces se crea como clima en mi ciudad, sino esa felicidad que dura segundos pero te hace sentir que tocás las nubes con las manos, como si estuvieras en el edificio más alto de todos.


Así que estoy caminando por las calles de mi ciudad contemplando todo y siendo parte. Sé que hay cosas que tengo que cambiar, que mejorar, que quitar, que aprender y demás, y con el tiempo voy a poder. O al menos espero poder.

Voldemort.

23 de julio de 2013

Frutos sin tiempo.

No tengo tiempo.

Eso es lo que pienso cuando me empiezo a preocupar por cosas que no soporto: no tengo tiempo. A veces realmente no tengo tiempo para quedarme sentada como la estúpida que soy y preguntarme siete millones de veces las preguntas para las que no tengo respuesta. Pero a veces tengo tanto tiempo para hacerlo que me asusta: me asusta saber que puedo preguntarme todo eso y terminar como suelo terminar yo: llorando. Porque a veces pienso que hay pocas cosas que sé hacer bien (y es verdad), y una de esas es llorar después de pensar. Porque dos palabras dichas por cualquier persona en mí son miles de incógnitas que sacan lo más triste de mí. Me convierto en esa persona miserable que intento superar y no puedo dejar de sentirme mal por un rato. Y a veces ese rato dura horas, y días, y no tengo tiempo.

No lo tengo porque sé que sí lo tengo. Porque para mi el tiempo que invierto en mis pensamientos es demasiado. Me la paso dándole manija a lo que sé, a lo que imagino, a lo que supongo, a todo. Pero mis escenarios no son prometedores: es como mirar una de esas películas que apenas empiezan sabés que vas a terminar llorando. Mis escenarios son eso: deprimentes. No siempre, pero casi todas las veces. Lo más positivo que puedo llegar a pensar nunca suele envolver a mi entorno real, y las veces que sí, son momentos en los que toda la negatividad que poseo decide darme un respiro. O yo decido darme un respiro, porque en realidad la negativa soy yo.

Con la excusa del tiempo vienen enganchadas muchas otras oraciones que me impiden entrar en esos estados: tengo mejores cosas que hacer, mejores cosas de las que preocuparme, mejores problemas que atender. Parece una broma decir "mejores problemas", porque cualquier problema es eso: un problema, y no es mejor que otro si los contextos son distintos. O así lo veo yo, pero a las oraciones no les discuto. Si les busco la vuelta, si me empiezo a preguntar por qué no me ocupo de las cosas que quiero evitar, me voy a empezar a hacer la cabeza. Otra vez. Y no quiero.

No tengo ganas.

Y esa es la pura verdad. ¿De qué no tengo ganas? A veces parece que de nada. Me aburro mucho, me tiro en mi cama a mirar el techo y a pensar en cosas que no quiero recordar pero que me intrigan. Después, obvio, las tapo. Tengo muchas cosas en las que pensar. Incluso escribo mentalmente. O por lo menos lo intento, porque casi nunca me acuerdo exactamente las oraciones que voy pensando mientras camino, o estoy acostada, o como, o lo que sea. No tener ganas de nada puede traducirse en vagancia, pero no siempre es vagancia. A veces me quiero acostar y dormir y que no me molesten y quedarme así hasta encontrar algo que me llene. Y otras veces tengo ganas de hacer de todo (lo cual últimamente me pasa seguido) y me doy cuenta de que la verdad es que no tengo ganas de amargarme. No es que antes haya tenido ganas, no es que alguna vez tenga ganas de sentirme mal y aflorar mi odio, sino que, de alguna manera, encontré una especie de forma de no hacerlo.

No tengo ganas de amargarme porque éstas vacaciones no me siento como el año pasado o el anterior, y me parece un progreso. Mínimo, máximo, pero un progreso al fin. No me la paso amargada, lo cual no quita mi cuota de malhumor y odio y preguntas sin respuestas, pero no como antes. No tengo ni tiempo ni ganas de ponerme mal, y aunque poner todo en una caja y enterrarlo pueda no ser la mejor manera de hacer las cosas, no sé si ahora estoy bien de verdad, pero estoy mejor que hace tres meses y no me quiero poner de vuelta así. No importa si todavía no aprendí a decir todo esto en voz alta (porque no me sale, no encuentro el modo, y me sigue dando vergüenza), pero algo es algo. Y aunque no me guste el conformismo, voy a aceptar este progreso (y voy a admitir que algo me "sale bien"). 

Y cuando cuente con tiempo para martillarme el cerebro lo voy a hacer, pero para eso primero tendría que caminar un par de pasos más. Lo voy a necesitar, así como también voy a necesitar que alguien me de la cabeza contra una pared cuando me ponga en la piel de la persona estúpida que se siente miserable que suelo o solía ser, pero no me voy a compadecer de eso. No porque me sienta mal me voy a quedar mal, y apenas estoy viendo pocos de los frutos que realmente esperaba (he aquí un atisbo de las esperanzas que suelo negarme a tener pero que tuve y se cumplieron), y espero más.

Simplemente deseo no encontrar gusanos en las manzanas. Y si los hay, bueno, habrá que pisarlos.

Voldemort.
(Qué lindo es poner en palabras las ideas de uno cuando en la cabeza están todas desordenadas.)

22 de julio de 2013

Atrapada en el abismo.

Lejos hay un abismo,
sin vida, sin muerte;
sujeto a lo que llaman tiempo
vehemente, difícil de seguir

Empinadas montañas inescalables;
flores: rosa, amarillo y violeta
arriba, paz en azules;
abajo cierro los ojos, no quiero mirar

De pronto todo da vueltas,
no hay nubes, no hay sol
no hay nada que valga la pena
¿por qué abriría los ojos?

Llanto, mares de lágrimas
nadie comprende, los pétalos caen;
el abismo absorbe todo, 
todo aquello que no encontró lugar

Lejos hay un abismo,
sin vida, sin muerte;
sin fin ni principio
y allí quedé atrapada.


Voldemort.
(Me agarraron muchas ganas de escribir, y Mica mencionó la palabra "poema" y las palabras se ordenaron así. Difícilmente esto sean mis pensamientos ordenados, pero algo es algo.)

15 de julio de 2013

Book me love.


Las hojas crujían bajo los pies de los caminantes. Los árboles comenzaban a quedare desnudos, si es que aún estaban vestidos. El jugo de frutas era menos frecuente, y las lluvias más. La preparación de café se olía desde el dormitorio. El sol no se quedaba tanto tiempo en compañía de los vivos de este lado del mundo como antes; ahora prefería otras compañías. Los desagües eran tapados inconscientemente por hojas, y destapados por buenas personas. O quizás no. Su alrededor cambiaba.

Lo que aún no cambiaba era la rutina de Amelia. Se levantaba temprano para ir a trabajar, y volvía después de las cuatro con el estómago lleno: comía de lunes a jueves en casa de una amiga, y los viernes en el bufet de su trabajo. A las seis de la tarde de todos los días, tomaba un café con poca azúcar y ni una pizca de leche. Previamente cambiaba su atuendo por ropa vieja, pero “presentable”, como diría su madre. Daba de comer a su dálmata, que ese año cumpliría siete, y miraba capítulos estrenos de sus series favoritos, que para su placer, se estrenaban casi todas en días distintos. Era monótono, y hasta en cierto punto, aburrido. Ya casi no se sorprendía: los capítulos eran predecibles. Imaginables.

Si sus amigas la invitaban a merendar, quizás diría que sí. Pero si lo hiciera, se aparecería luego de las cinco, habiendo visto el capítulo estreno de la serie que pasaran ese día. Tomaría un café de todos modos, reiría con las viejas anécdotas que sus amigas contaran, lloraría con las malas noticias, hablaría poco de ella, preguntaría mucho de las demás y se retiraría antes de las nueve y media, sonriente, contenta de haber pasado una amena tarde.

Si la invitaban a cenar, se ofrecería a hacer las compras, a llamar por teléfono al delivery, a cocinar, a lavar los platos, a barrer la cocina y a poner la mesa, esperando poder hacer todas, o casi todas, aquellas cosas, pero sabiendo que sus amigas no le dejarían todo el trabajo. Luego, cuando se encontraran sentadas en la mesa, diría que no le molesta ver ese programa de chimentos que tanto odia, porque no querría aburrir a sus amigas con los programas que ella acostumbraba ver. No se quedaría a dormir a menos que fuera viernes o sábado, y en tal caso se iría en la mañana del día siguiente.

Si no se quedaba a cenar, volvería a su hogar en colectivo, abriría la puerta y su dálmata festejaría su llegada moviéndole la cola. Prendería la televisión y, luego de cocinarse o pedir comida, cenaría sentada en el sillón y reiría a carcajadas con las comedias que pasaban en la noche. Seguramente luego leería un libro, y se iría a dormir tarde, no sin antes haber revisado su casilla de mail desde su celular: ese que dejaba en la mesa de la cocina casi todo el tiempo, razón por la cual contestaba tarde la mayoría de sus mensajes.

Si decidía que no quería merendar con sus amigas, les diría que estaba cansada, y aprovecharía la tarde escribiendo y leyendo. No realizaría el aseo a gran escala, porque estaba acostumbrada a hacerlo los domingos.

Los sábados, aun habiendo salido el viernes, o habiéndose quedado a dormir en casa de alguna de sus amigas, iría a la biblioteca comunitaria en la tarde. Saludaría a Carmen, la mujer que con una sonrisa recibía a todas las personas que ingresaban allí, y buscaría el libro que había dejado sin terminar el sábado anterior, o uno nuevo, en caso de haberlo terminado. Existía la posibilidad de que quizás hubiera encontrado tiempo entre semana para avanzar su lectura, pero quizás no.

Se sentaría en una de las mesas cerca de la sección “novelas”, justo en la misma en la que estaría sentado yo, desde media hora antes de su llegada. Me saludaría con un beso en la mejilla, me preguntaría cómo me encuentro, y yo le preguntaría a ella lo mismo, porque realmente estaría interesado en su respuesta. Hablaríamos por un rato, quizás nos reiríamos, quizás no. Pero seguramente el momento no sería incómodo, porque es fácil hablar con ella aún en el silencio. De libros. De música. De cualquier cosa.

Y entonces nos pondríamos a leer. Y disfrutaríamos de un silencio placentero, lleno de vida y palabras que no serían dichas en voz alta. Pero quizás mi mente se alejaría del libro y se concentraría en ella, distraída. La observaría y hasta me sonreiría. Porque ella era como los libros: estaba llena de magia e incógnitas, y todo lo que sabía de su persona era lo que había podido recolectar de nuestras conversaciones con el pasar del tiempo. Me intrigaba, y quería leerla. Quizás hasta me entendería, como muchos libros lo hacían. Seguramente me escucharía si yo lo necesitara, me abrazaría sin la necesidad de tocarme y me besaría sin posar sus labios sobre los míos.

Y desde luego volvería a enamorarme de ella, como ya lo estaba hasta entonces, y más si fuera humanamente posible. Me pondría contento cuando la viera reír. Y seguramente, cuando luego de un rato me mirara y me preguntara qué me sucedía, yo no encontraría palabras para expresarle ese amor quizás estúpido pero incontenible, terco, juvenil y tan loco como yo creía ser, y simplemente le respondería, con una sonrisa, que me distrajo su concentración, y que me tengo que ir.


(no recuerdo si lo escribí el 10 o el 11 de este mes, pero fue en clase.)
Voldemort.

28 de junio de 2013

Hombre de pasillo; pasillo de hombre.

El sentido del deber de Martín le impedía hacer cualquier cosa sin antes pensar en las repercusiones que las mismas podrían tener. Pero era tan impulsivo a veces que no podía controlar ni siquiera sus respuestas.
De chico había aprendido, de la peor manera, a no cuestionar. A aceptar todo como se lo decían. O por lo menos sus padres pensaron que así era, porque un buen día algo hizo clic en él: dejó de decir que sí, y empezó a preguntar por qué. Por qué, por qué, por qué.
Entonces aprendió que las preguntas no siempre tienen respuestas, y que algunas personas responden con violencia, no sólo física sino también psicológica. Sus “¿por qué?”, sus malas respuestas, sus desafíos, todos terminaban en dolor, uno que él creyó no era capaz de soportar. Pero el tiempo y el sentido del deber hicieron que se aprendiera a parar frente a sus enemigos para preguntar por qué. Sí, recibía castigos. Duros. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? La misma persona que le enseñaba a no dejarse pisar por los demás lo quería pasar por encima constantemente.
Temía. Muchas veces temía que alguna vez la respuesta fuera tan dura que, definitivamente, le quitara las ganas de seguir siendo él. Pero algo muy dentro de su persona le recordaba, cada vez, que valía la pena seguir formándose. Seguir aprendiendo de lo que no debía ser cuando creciera.
Cierta vez apareció la respuesta. O lo que él creyó que era una respuesta. Cerró los puños y empezó a pensar, mientras le gritaba, en todas las fallas. En todo lo que él no podía decir en voz alta, porque era cobarde. Pero no devolvió el golpe, porque aunque era impulsivo, y confrontantivo, y no tenía problema en pelear con las personas que de verdad se lo estuvieran buscando y lo estuvieran provocando, no quería ser así. Lo decía, lo haría, pero no con él, y no en frente de ellos, y nunca de esa manera. Así que simplemente lo miró, y eso fue realmente todo lo que hizo en adelante.
Algunos podrían pensar que tenía que buscar una solución, pero para él no era tan fácil. No todo era blanco y negro, y en el fondo todavía no entendía la gravedad de lo que sucedía. Pero creció. Se fue convirtiendo en un hombre, y, sin darse cuenta, sin que nadie se lo pidiera, sin que incluso nadie lo supiera, se propuso cambiar la realidad en la que vivía. No sabía cómo. Pero no había nada que quisiera más que dejar de sentirse como se sentía, que dejar de ver a su madre llorando de vez en cuando, a sus hermanos enojados con él por lo que hacía. No importaba que ninguno lo entendiera, no importaba que ellos no fueran como él. Sabía, y de verdad creía, que así iba a poder sobrevivir. Que iba a lograr que todos sobrevivieran.
Seguramente para su suerte, hubo cambios. Aquellos horribles episodios comenzaron a verse más espaciados. A veces incluso eran reducidos, cuando le decían que se fuera para que no sucediera nada. Los gritos se convirtieron en la respuesta. Y aunque él decía que ya casi ni le afectaban, cada maldita vez que escuchaba aquellas estúpidas palabras se convencía más a sí mismo de que era todo aquello y más. Pero nunca dejó de pensar que él podría cambiar la realidad en la que vivía, porque estaba resuelto a cumplir su meta, por más inútil que todos pensaran que era, o que él pensara que era.
Empezó a lamentarse menos con los demás y más consigo mismo. Y luego los lamentos aparecieron cada tanto, porque los reprimía lo suficiente como para no deprimirse a cada momento. Y siguió creciendo. Y convirtiéndose en un hombre. Y preguntando por qué.
¿Por qué?
Porque si algo había algo que había aprendido de sus experiencias, era a no aceptar todo lo que le decían, a buscar un fundamento, y a pararse delante de cualquiera a decir lo que él pensaba. Porque no era menos que nadie, ni más que ninguno. Él era él, y eso significaba preguntar. Y así iba a ser hasta el día en que muriera.

Voldemort.
(lo escribí hace unas semanas, un día, y me había olvidado de subirlo.)

5 de junio de 2013

Sigo aquí.

Soy la pregunta del millón, siempre la interrogación.
No respondas que sí porque sí.

¿Y qué, qué podrías tú decir? Si yo no te voy a oír.
No me entiendes, y nunca seré lo que esperas de mí.

Jamás.
Ya me vas a conocer. Niño y hombre puedo ser.
No me uses y apartes de ti.

Y di, cómo alguien aprendió lo que nadie le enseñó.
No me entienden, no estoy aquí.

Y yo, sólo quiero ser real. Y sentir el mundo igual que los otros.
Seguir siempre así.
¿Por qué yo tendría que cambiar? Nadie más lo va a intentar.
Y no entienden que sigo aquí.

Y tú, ves lo que ellos nunca ven. Te daría el cien por cien.
Me conoces, y ya no hay temor.

Yo, mostraría lo que soy.
Si tú vienes dónde voy, no me alcanzan.
Si eres mi amigo mejor... 

¿Qué sabrán del mal y el bien? Yo no soy lo que ven.
Todo un mundo durmiendo y yo sigo soñando, ¿por qué?
Sus palabras susurran mentiras que nunca creeré.

Y yo, sólo quiero ser real. Y sentir el mundo igual que los otros.
Por ellos, por mí.
¿Por qué yo tendría que cambiar? Nadie más lo va a intentar.
Estoy solo, y sigo aquí.

Sólo yo estoy aquí. Sigo aquí.


Sigo aquí.

Voldemort.
(Sigo Aquí, de Alex Ubago, soundtrack de El Planeta del Tesoro, mi película favorita de Disney.)

26 de mayo de 2013

Felicidad: incógnita.


   No sé qué es la felicidad. O cómo es. O dónde está. O quién es, si es un quién. Yo supongo es aquellos momentos en los que estás solo o con personas que amás y vivís algo significativo que hace que tu alma sonría. Que hace que la sonrisa no la expreses con los labios sino con los ojos. Uno de esos momentos para mí es lo que la felicidad es.

   A través de experiencias propias, entiendo que la felicidad es pasajera, no es más que un estado en el que estás un rato y después desaparece. No es que crea que es imposible ser feliz, sino que creo que la felicidad trae consigo muchas otras circunstancias. O al menos a mí me atraviesan muchas.

   Soy feliz, no ahora, no ayer, y por ahí tampoco lo sea mañana, pero a veces, soy feliz. No sé si me doy cuenta en el momento o después, pero me pasa. Mi problema, es que parece a propósito. Cuando finalmente llego a ese punto de sonrisas y colores y cosas hermosas que yo creo muy lejano todo el tiempo, me dura lo que el agua en las manos. De repente, y seguramente porque en otra vida fui una tremenda hija de puta e hice sufrir a todo el mundo, pasa algo, lo que sea, que me hace replantearme el por qué de estar contenta, o, cuando son situaciones peores, noticias peores, etcéteras peores, entro en ese estado de llanto-sin-control-con-música-para-llorar por un rato hasta que me descargo, y entonces no puedo hacer nada para volver a tener una sonrisa en la cara, porque ya está, se pasó el momento.

   Otra cosa muy común en mí: que el momento se pase. El momento de quejarse, de hablar, de escuchar, de esto, lo otro y de aquello también. El momento se pasa y yo, porque así soy y no tengo ni idea de como se hace en estos casos para cambiar, los dejo pasar. Cuando estoy feliz, rara vez aprovecho a pleno el momento, aunque no estoy segura de si debería aprovecharlo, pero cuando el momento se va, pasa, termina, todo lo que hago es acordarme de eso e intentar, casi siempre sin éxito, nutrirme de buenas vibras y lindos pensamientos para tener de reserva cuando la bomba llegue. Porque literalmente, a la calma la precede la tempestad, y doy fe de eso con mis propias experiencias.

Voldemort.

21 de abril de 2013

Lazos a distancia.

   Tengo la, quizás, mala suerte de poder crear lazos a distancia.
   Suena raro, pero ¿vieron cuando empezás a hablar con alguien a quien no conocés y de repente te cae muy bien y de repente se están contando sus vidas y de repente hablar siempre que pueden porque les gusta hablar entre ustedes? Bueno, así. Es exactamente eso.
   Creo y contribuyo a la creación de lazos con personas que están detrás de una pantalla, que nunca vi, o que vi dos veces en mi vida, que, quizás, en algunos casos, algún día conozca. Pero son lazos en serio: son afectivos. Siento la necesidad de ayudarlos en lo que pueda, los quiero escuchar para que no se vean obligados a guardarse adentro todo lo que les pasa, les cuento mis cosas, nos reímos y gastamos y aconsejamos y parece una amistad de años, cuando en realidad se tardaron meses, quizás semanas para sentar las bases. 
   Y ahí estamos los que somos partícipes de estas relaciones, tiempo después, esperando a que la otra persona nos conteste, porque nos gusta hablar. Porque nos sentimos comprendidos, porque finalmente encontramos a alguien con quien hablar de lo que nos pasa sin sentirnos juzgados; porque desarrollamos algún tipo de cariño para con el otro y no nos importa nunca haber visto a la otra persona, lo queremos por lo que nosotros conocemos: por cómo nos escucha, trata, aconseja, reta, molesta, carga, burla: por cómo es para con nosotros. Todo eso hace que queramos al otro, y no nos importa como es físicamente, ni el color de los ojos, ni del pelo, ni el talle de pantalón, ni nada. No importa nada más que lo que esa persona es, y lo que es es lo que nosotros tanto queremos y por lo que seguimos hablando con el otro.
   Tengo de esos lazos, sí. Y los valoro mucho, y me pueden decir lo que sea, pero aunque no conviva con ellos como lo hago con mis amigos, aunque no sepa si es como conmigo con los demás, lo que yo conozco, lo que yo veo, es lo que para mí vale.  Y no puedo dejar de querer a una persona de un día para el otro porque no la conozco, y me duele no poder ayudar, y me encantaría estar cerca y abrazarlos. Suena completamente estúpido para algunos, pero de verdad mucha gente no tiene idea de lo reconfortante que es encontrar a alguien con quien hablar que no sepa nada de vos y por lo tanto no te pueda juzgar. Que simplemente te escuche desde cero.
   Lo malo de estas cosas es que se pierden. Que de repente no hablan más, y las cosas cambian y vos te quedás con el recuerdo de alguien a quien quizás nunca viste personalmente pero que conociste por internet, y dentro tuyo le agradecés mil veces todo lo que hizo por vos sin darse cuenta. Considero que esto es malo porque lo que más me gustaría es abrazar a esas personas y decirles que así como a mí me dicen que todo va a mejorar, para ellos también va a mejorar, y vamos a salir adelante todos juntos. Me quiero sentar a tomar mate, chocolatada o un vaso de jugo y hablar de cualquier cosa. Y muchas, muchas veces no se puede. Y eso es triste.

Maybe it's sad that these are now memories, and maybe it's not sad.

Voldemort.

20 de abril de 2013

El Demonio y la señorita Prym.



"Después, la voz —que se identificó como el príncipe de este mundo, el único conocedor de lo que acontece en la tierra— empezó a mostrarle las personas que tenía a su alrededor, en la playa. Al abnegado padre de familia que empaquetaba cosas y ayudaba a sus hijos a ponerse el abrigo le gustaría tener una aventura con su secretaria pero le aterrorizaba la reacción de su mujer. A la mujer le gustaría trabajar y ser independiente, pero le aterrorizaba la reacción del marido. Los niños se portaban bien por miedo a los castigos. La chica que leía un libro, sola en un bar, fingía indiferencia, pero su alma estaba aterrorizada por la posibilidad de pasar sola el resto de su vida. El chico que hacía ejercicio con la raqueta estaba aterrorizado porque debía estar a la altura de las expectativas de sus padres. Al camarero que servía cócteles tropicales le aterrorizaba la idea de que pudieran despedirlo en cualquier momento. La chica que quería ser bailarina, pero estudiaba derecho por miedo a a enfrentarse a la crítica de sus vecinos. El viejo que no fumaba ni bebía diciendo que así se conservaba en forma, cuando, en realidad, el terror a la muerte susurraba en sus oídos como el viento. La pareja que corría salpicando con le agua del rompiente, con una con una sonrisa en los labios, y el terror oculto de volverse viejos, aburridos, inválidos. El hombre que paró su lancha delante de todos y los saludó con la mano, sonriente, bronceado, sintiendo terror porque podía perder su dinero de un momento a otro. El dueño del hotel, que contemplaba aquella escena paradisíaca desde su oficina, intentando que todos estuvieran contentos y animados, exigiendo el máximo de sus contadores, con el terror en el alma porque sabía que —por más honrado que fuese— Hacienda siempre descubría errores en la contabilidad.
   Terror en cada una de las personas que había en aquella bonita playa, en aquel atardecer que dejaba sin aliento. terror de quedarse solo, terror de la oscuridad que poblaba la imaginación de demonios, terror de hacer alguna cosa ajena al manual de urbanidad, terror al juicio de Dios, terror de los comentarios de los hombres, terror de la justicia que castigaba cualquier falta, terror de arriesgarse y perder, terror de ganar y tener que convivir con la envidia, terror de amar y ser rechazado, terror de pedir un aumento, de aceptar una invitación, de ir a lugares desconocidos, de no conseguir hablar una lengua extranjera, de no tener capacidad para impresionar a los demás, de hacerse viejo, de morir, de hacerse notar por los defectos, de no ser notado por las cualidades, de no ser notado ni por defectos ni por cualidades.
   Terror, terror, terror. La vida era un régimen de terror; la sombra de la guillotina."
El Demonio y la señorita Prym, Paulo Coelho.
Voldemort.

14 de abril de 2013

Download.

Necesito canalizar. Mi enojo, mi tristeza, mis ganas de mandar todo a la mierda; necesito poner todo eso en algún lugar. No lo soporto, no lo aguanto, no puedo.
Soy una estúpida y me quejo de todo y en este momento me tiene sin cuidado. Me quiero morir pero no me voy a morir pronto y estoy cansada. Quiero dormir muchos días seguidos y levantarme solamente para llorar, porque así canalizo. No quiero hacer nada más.
No soporto nada, ni a mí misma. 

1 de abril de 2013

La tristeza de la necrópolis.

   Ayer, treinta y uno de Marzo, se cumplió un año del fallecimiento de mi abuela paterna -a la cual sí conocí- y el seis de Abril se van a cumplir veinte años del fallecimiento de mi abuelo paterno -al cual no conocí- y la verdad es que tuve tiempo suficiente para reflexionar que por muchas cosas que me pueda haber gritado con mi abuela y de lo mal que nos hayamos llevado muchas veces, yo la amaba y la amo y no puedo decir eso de mi abuelo porque no lo conocí y en mi casa no hablaban mucho de él cuando mi abuela vivía y ahora eso es todavía más nulo. Y también está enterrado el hermano de mi papá, con su urna en el mismo nicho en el que está mi abuelo pero de eso sí que no sé nada, más que existió y falleció de muy chiquito.

   Por estos motivos, fui al cementerio el domingo pasado (ayer) y seguramente vaya el sábado que viene, y creo que hay pocas cosas que detesto más que los cementerios. No solamente por el hecho de que hay una infinidad de muertos enterrados o puestos en nichos. Me pasó que una de las veces que fui todo el pasto de atrás estaba híper crecido, y en esa parte también había tumbas. Tumbas viejas y que quizás ya nadie va a ver, pero no hay necesidad de no cuidarlas de esa manera. Es disgustante. Me pone mal de verdad ver lo poco que cuidan esas tumbas aunque seguramente las remuevan pronto si nadie las va a visitar, y el único granito de arena que puedo aportar es el de enderezar las cosas que se caen (como ejemplo de explicación, ayer cuando fui, acomodé el florerito de una tumba y el caballo de otra, porque no me gusta ver las cosas así).

   Cada vez que piso un cementerio llego a la misma conlusión: quiero que me cremen. A mí no me gusta entrar en las necrópolis porque me inunda la tristeza. No me gusta esta especie de ritual que consiste en ir y llevar un ramo de flores o lo que sea para depositar en el monumento, lápida o tumba de la persona que ya falleció, que está abajo de la tierra, en un cajón, pereciendo. Todo eso, las flores, los objetos, las fotos, las piedritas y el mármol, son formas de, supongo, consentir un poco a quien ya no está. Es más que nada también decoración; es algo visual. Y la realidad es que esa persona no está para verlo y no sirve de mucho hacer todo eso, porque ese alguien está muerto de todas formas.

   Escuché a mi viejo decir que quiere no sé qué cosa para que cuando estemos muertos estemos todos en el mismo lugar, o algo así. No sé bien como se llaman esas cosas, pero no va a servir de nada que lo haga. Si él se quiere enterrar bueno, yo me quiero cremar. No quiero que nadie me vaya a visitar en ningún lado, no quiero estar en un cajón abajo de la tierra, abajo de mármol y piedritas, y que haya personas, si es que las hay, que me dejen flores y esas cosas. No quiero que haya cruces, así como no quiero que haya nada. Tampoco quiero que mis cenizas estén en una urna. No. Quiero que cuando me muera y me cremen tiren mis cenizas en algún lugar que, a la persona que tiene las cenizas, le recuerde a mí. O a algún lugar que yo elija. Si tengo la mala suerte de morirme y que nadie se acuerde de mí solamente espero que si me creman no me pongan en una urna y me tiren por ahí. Voy a estar muerta, no quiero conmemoraciones del tipo físicas. Sí, una foto en la mesita de luz, bueno. Pero nada más.

    No quisiera someter a nadie a ese ritual que tanta tristeza me da y, en realidad, es mi decisión, así que no voy a someter a nadie a eso.


Del polvo venimos y al polvo volvemos.

Voldemort.

Soy una cucaracha, vió usté?

   No es nuevo que yo me queje de algo, porque siendo sincera me quejo bastante pero bueno, la verdad es que soy una pelotuda y necesito quejarme de las cosas de vez en cuando, más que nada porque conozco entes que disfrutan o a los que les gusta algo que a mí no y me preguntan sí me cabe y me veo en el dilema de si contestar amablemente lo que quieren escuchar (¡¿QUÉ?!) o contarles la triste verdad y expresarme de esta manera vulgar. Y bueno, nada, siempre es más divertido la manera vulgar, más que nada cuando te miran como si fueras un bicho raro. SÍ DOÑA, SOY UNA CUCARACHA, VIÓ USTÉ?

   Con todo esto intento ir a un momento en particular, del año pasado, en el que sucedió algo que me marcó mucho como persona y terminó de re definir mi vida (?): la madre de una amiga me dijo que estaba decepcionada. La situación fue algo así: yo, siempre simpática y buena persona, estaba en la casa de una amiga hablando con ella y con su madre, y esperando a que la mía llegara para tomar mates, también, cuando no recuerdo por qué -normalmente cuando algo no me interesa no recuerdo de dónde sale- se empezó a hablar de religión y yo sentí la necesidad de invocar a Hades tuve la genial idea de SEGUIR SIENDO SINCERA y comentar que soy atea, o que, en realidad, no creo en "Dios" (porque no niego que pueda existir alguna fuerza así, pero en "Dios" no creo). Haciendo un paréntesis, tengo que admitir que disfruto mucho la cara de "¡¿POR LA SANTA VIRGEN CÓMO ES ESTO POSIBLE?!" que ponen algunas personas adultas y creyentes cuando alguien confiesa no ser parte de la creencia en este señor inexistente a mi parecer. Y entonces, volviendo a mi interesante relato, la madre de mi amiga me regaló una mirada de incredulidad que rozaba con la molestia y me dijo que no lo podía creer. Palabras van y palabras vienen y, entonces, saca a relucir su lado creyente religioso o como sea y me dice que, según su opinión, que muchas veces me importó mucho y en ese momento me quise pasar por las bolas, no tendría que estar en un colegio católico, porque claro, como no creo no debería estar ahí. Debería pasarme a una pública o quéseyo. Y luego añadió un "la verdad que me decepcionaste con esto" o que el hecho de que no crea la decepciona, pero ambas cosas apuntan a lo mismo: yo la decepcioné porque no creo en este ente inexistente que denominan "Dios". 

   Increíblemente, para la sorpresa de mi propia persona, reaccioné casi como una persona normal y le comenté que a mí en el colegio me metieron por la enseñanza más que nada, porque si querían que me formara hípermegaresuper católicamente me podrían haber metido en algún colegio de curas, como al que iba antes. Y también dije que me parecía medio bobo que alguien se decepcionara por eso, pero que quésabíayo. Al rato llego mi madre, y le comenté la situación en broma -aunque me rompió los ovarios en serio que me dijera eso, porque ¡¿qué carajos?!- y que seguramente no me iba a dejar entrar más en su casa ahora que sabía de mi no-fé. La mujer se rió y me dijo que cómo no me iba a dejar entrar, que eso no cambiaba nadENTONCES POR QUÉ ME DIJISTE QUE ESTABAS DECEPCIONADA?! EXPLÍCAMELO, DALE.

   Después nos reímos, tomamos mate, y en ese momento tan decisivo de mi vida (?) terminé de resolver que: 
a) por más que quisiera nunca me iba a olvidar de ese momento de mierda en el que me dijo que estaba decepcionada por semejante pelotudez.
b) que me importa bastante poco la opinión de los demás sobre mi no-creencia porque si la gente puede andar por ahí profesando que cree yo puedo profesar que no y como ellos pueden decir que yo soy una pelotuda yo puedo decir lo mismo de ellos (aunque no me parece pelotuda la gente religiosa por serlo, sino algunos casos particulares) y que, al final, nos morimos todos y si me los encuentro en algún momento siendo simples almas me voy a reír mucho porque yo, la no creyente, estoy con todos esos creyentes y nada. LOL.

   Otro momento así fue uno en el que me negué a rezar en mi hogar, porque bueno, nada, soy re jarcor. Y se enojaron conmigo, y a mi me importó un huevo, porque no voy a ir en contra de mis creencias por satisfacer a otros. Y básicamente no sé, me quería quejar de que me pone muy de la concha de mal humor que me miren distinto por pensar de otra manera y esas cosas, y bueno, la verdad es que es el día de hoy que me acuerdo de ese momento y me re caliento pero la quiero, y la conozco hace años y bueno, voy a seguirle profesando mi no creencia por simple sed de venganza. Un besito.

Voldemort.

24 de marzo de 2013

Agua hervida.


   El agua hierve y me olvido de sacarla del fuego. La pava silba, y yo sigo en la mía. Pienso que me tengo que ocupar de todo lo demás mientras tanto. Pero ese mientras tanto me dura más de lo que esperaba y decido, de improvisto, dedicarme a terminar lo demás.
   Pero que yo me esté ocupando de otras cosas no hace que el agua deje de hervir, o que la pava deje de silbar; el silbido está ahí, permanente, recordándome que me espera. Cuando apago la hornalla y quiero tocar la pava, el mango está caliente. Y cuando le quito la tapa, sale humo a montones. El agua está hervida, y ahora tengo que esperar a que se enfríe. Porque mientras yo no le prestaba atención y me ocupaba de otras cosas, me esperaba. Y yo no estaba.

Voldemort.

10 de marzo de 2013

3MarzoJB.

   No sé si son la razón de mi vida, no sé si me salvaron, pero sí sé que me inspiran, que sus canciones me hacen sentir bien, que me identifican. La sensación de bienestar que me invadió el 03 de Marzo mientras iba camino al Estadio Ferrocarril Oeste con mi mejor amiga es una de las cosas más lindas que se pueden sentir.

   No me caracterizo -por lo menos no en estos últimos años- por ser de esas personas que siempre están sonriendo y se sienten bien. Pero hace exactamente una semana, cuando estaba sentada en el auto yendo a ver a unas de mis bandas favoritas, no podía dejar de pensar en lo feliz que era. En que, después de esperarlo, estaba yendo. Con mi mejor amiga. Y mis viejos no estaban peleando. Y mi hermano me había deseado suerte y me había hecho reír todo el día. Y mi mejor amiga estaba feliz. Y yo estaba feliz.

   Entre las cosas que iba pensando, se me pasaba por la mente que tengo que ser un toque más positiva, porque mi negatividad afecta lo que hago y digo, y quizás, solamente quizás, si fuera un poco más positiva pudiera disfrutar más de las cosas. No es que no disfrute de las cosas buenas, pero todo lo malo está ahí presente para que después de disfrutarlo me ponga a pensar que eso en comparación de lo demás es ínfimo, cuando en realidad, no es tan ínfimo. Ese momento de felicidad, de estar con mi mejor amiga sobre una silla saltando y gritando las canciones al ritmo de esos tres hermanos y toda la banda, que me hacen latir el corazón con más velocidad y siempre me sacan una sonrisa, fue único. Fue increíble. Perfecto. Feliz. Y eso es lo que vale, en realidad. Porque las cosas malas están, obvio, y son duras de aceptar, pero son los momentos de felicidad extrema, en los que sonreímos somos estúpidos, los que cuando nos estemos por morir nos van a hacer seguir sonriendo, y por los cuales podemos decir que vale la pena estar vivos.

   Así que creo que puedo decir, una vez más, que a partir de una experiencia vivida gracias a estos tres hermanos, aprendo y reflexiono. No entiendo por qué la gente pregunta cómo es que alguien los puede tener de ídolos como yo los tengo. Son personas que por más que no sepan de mí existencia a partir de canciones me hacen sonreír y llorar, y que constantemente me inspiran: a ser mejor, a preocuparme por los demás, a no dejarme pisar, etcétera. No es solamente una banda pop adolescente, por lo menos no para mí.

   Gracias por algo tan lindo como un concierto en vivo. Por siempre, sin notarlo, ayudar a sus fans a seguir adelante. Sonará idiota, pero les debo mucho. Y los amo infinitamente, como también amo a mi mejor amiga.

Voldemort.

18 de febrero de 2013

Relaciones humanas.

   No soy buena para las relaciones humanas. Esto puede parecer una pelotudez, pero es la realidad. O lo que yo creo que es la realidad.

   Con relaciones humanas no me refiero a la simple interacción entre dos entes pensantes, sino a la decodificación que uno de los entes realiza de las señales que el otro ente emite quizás sin siquiera darse cuenta. Eso que se llama conocer. No porque no entienda como es que una persona puede llegar a conocer a otra, sino porque en las relaciones humanas uno deja que el otro lo conozca a conciencia con una previa demostración de confidencialidad por parte de la otra persona. Aunque a veces eso no hace falta, porque no sabés el motivo, pero las palabras parecen salir solas y todas esas cosas que le contaste a quizás dos o tres personas se atoran en una puerta para ver cuál contás primero. Eso es lo que no entiendo. Esa pseudo necesidad que se genera en uno de contar determinadas situaciones, determinados detalles, sucesos, recuerdos, etcétera, que intentamos esconder de todos los demás, del mundo. Me es raro pensar que puedo llegar a sentir eso con las personas, y no entiendo, sinceramente, cómo es que me pasa. Porque no soy de confiar mucho en la gente que casi ni conozco (incluso cuando mis amigos me preguntan cosas que yo no quiero decir, que quiero esconder, miento), y a veces en la que conozco tampoco. Porque no me sale, no nace de mí querer contarle todo lo que me pasa a las personas que valoro porque:

a) no quiero molestar a nadie con lo que me pasa.
b) me da vergüenza.
c) me siento pesada cuando bombardeo a alguien con todas mis inseguridades.
d) yo no me entiendo, así que no espero que alguien más lo haga, y contándole mis problemas no gano nada más que aburrirlos/molestarlos/etcétera.

   Pero a veces me sale, porque al ser humana (hasta dónde yo sé) tengo esos momentos en los que necesito realmente que alguien me escuche. No siempre es cara a cara, porque hay cosas de las que no podría soportar las caras de lástima o decepción de las personas, pero lo digo. Y me cuesta ojo y medio poder expresarme (cualquier persona que lea este blog se puede dar cuenta fácilmente de que me voy por las ramas para explicar un tema cuando no sé cómo explicarlo, y hablando o escribiéndole lo que me pasa a mis amigos es algo parecido).

   Y el punto es que no soy buena para la parte de las relaciones humanas que implica comunicación entre dos personas, que aunque decodifique los mensajes me cuesta mucho valor contestarlos a veces, porque la vergüenza vence, y la realidad es que no me gusta tener esa pseudo necesidad de querer contarle a alguien mis cosas, porque si me propuse por tanto tiempo guardármelas y contarlas cuando lo sintiera necesario, no me hace ninguna gracia que quieran salir todas la mismo tiempo, desafiando mis propios límites ya impuestos y casi siempre sin opción a renovación.

   Esto me hizo pensar no sólo porque no me gusta esa confianza que sale de la nada (aunque muchas veces termino agradecida de haber conocido a esas personas), sino que realmente me faltan un par de tornillos.

Cambio y fuera.
Voldemort.